20/06/2026 06:00 Actualizado a 20/06/2026 12:34 Aunque se nos echan encima la primera ola de calor y las hogueras de Sant Joan, el patio cultural barcelonés sigue crepitando, en plena combustión, con un raudal de eventos que nos encasquilla el lanzallamas. En una semana se han solapado nada más y nada menos que varias entregas de premios (Crexells, Llibreter, Emili Teixidor), el 60.º aniversario de la editorial La Galera y la quinta edición del Festival de Literatura Latinoamericana de Barcelona KM América, cuyas actividades se prolongarán hasta el lunes. Aun así, el humo arrastra un aroma a despedida, a fin de curso.La brigadilla Fahrenheit 451 acudimos a la inauguración del festival en Casa Amèrica Catalunya, el martes, con su directora, Marta Nin; la gestora cultural Cristina Osorno Mesa, superwoman cafetal; y el comisario del certamen, el escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa, quien subrayó que KM América es y será “un caminar hablando, un paseo conversacional” (le robamos la frase para el título). También habló de delirio bélico e intolerancia. Y de resistir, de oponernos a la barbarie “desde nuestros lugares íntimos”.El Festival de Literatura Latinoamericana de Barcelona cumple un lustro de resistenciaLleno hasta los topes el auditorio, que tiene un regusto de boîte setentera. A pesar de la buena acústica, ¿no merecería Casa Amèrica otro emplazamiento? Quizá el Taller Masriera o un cachito del edificio de la antigua Aduana, que permanece ahí, en el Pla de Palau, muerto de risa. Simples ideas volanderas que implicarían un pastizal. En cualquier caso, nos encantó saludar entre la concurrencia al cónsul de México, Alfonso Navarro Bernachi, y a su esposa, Mariana Pliego, quienes disfrutaron de una inauguración articulada en torno a la palabra y la música: un cuarteto del Conservatori del Liceu interpretó piezas de Natalia Lafourcade y Luis Alberto Spinetta, y un landó afroperuano.Cómo nos gustaron a los bomberos los versos de la ecuatoriana Yuliana Ortiz Ruano (“nos espera el incendio de las máscaras antes de habitarnos mutuamente”). Y la voz de la argentina Mariana Travacio (“que si uno se va, los muertos se quedan sin nombre”, de su novela Quebrada , en Las Afueras). Y las ideas que vierte el mexicano Jordi Soler en el ensayo Svalbard , que ha publicado Siruela (“cuando llegue el fin del mundo va a sernos más útil una semilla que un IPhone”). También leyeron fragmentos de sus obras Juan Trejo, Irene Pujadas y el poeta y rapero Jean D’Amérique, el primer haitiano que participa en las jornadas.Yuliana Ortiz Ruano leyendo, este martes, en el Festival de Literatura Latinoamericana de BarcelonaJoan Mateu ParraPero no todo vienen siendo conversatorios sesudos. Nos consta que, el jueves por la noche, algunos de los participantes en el festival lo pasaron padrísimo–macanudo–chévere–fetén en un garito de Gràcia. ¿Hubo perreo? Lo que pasa en LaKontra se queda en LaKontra.No recordamos quién (¿Nabokov? ¿Margaret Atwood?) dijo que pretender conocer a un escritor porque te gustan sus libros se parece bastante a querer que te presenten al pato porque te gusta el paté. En ocasiones sí compensa el roce, como es el caso de los mencionados arriba o del novelista colombiano afincado en Barcelona Mauricio Bernal, quien conversó el miércoles con la periodista Elena Hevia. Se hizo muy corta la charla en la librería Obaga sobre Los idólatras (Caballito de Acero), una novela de billar, de billar francés, ese deporte mental tan parecido a la escritura: técnica, precisión, azar y estética. La narración versa sobre cuatro aficionados, los idólatras, que se embarcan en una road movie , desde Bogotá hasta Medellín, para encontrarse con un maestro húngaro del taco y las bolas. ¿Vale la pena conocer a nuestros ídolos?Aunque parezca un lugar común, que lo es, resulta un prodigio escuchar tantos acentos distintos de un mismo idioma, en espacios como KM América, saltándose el muro de la traducción. Siempre se pierde algo por el camino. Sobre eso dialogaron el jueves, en Casa Usher, Dolors Udina y Maria Bosom, traductoras respectivas de Una Woolf pròpia (Raig Verd), de Ali Smith, y Una habitació pròpia (Angle), el clásico de Virginia Woolf. Conversaron sobre eso, las dificultades de la decantación, y las tesis woolfianas, que parecen más vigentes que nunca, como niqueladas: la necesidad de un rincón donde recogerse y cuatro perras en el bolsillo. Para seguir ­resistiendo.