23 de junio, 2026 - 07h00La firma del memorándum de entendimiento entre EE. UU. e Irán es la evidencia de un fracaso anunciado. En cuatro meses de conflicto, Washington atravesó todas las etapas que esa nación vivió durante más de una década en el conflicto de Vietnam. Los mismos errores, los mismos traspiés. Con gran ímpetu se lanza la primera potencia militar a una guerra contra una nación que, en términos económicos y militares, es bastante inferior a ella. Lo hace invocando una serie de objetivos no muy convincentes y hasta contradictorios. Pasa el tiempo, los ataques se intensifican, la victoria parece a la mano. Pero a la vuelta de la esquina las cosas se complican. La superpotencia casa adentro comienza a sentir el costo económico y político de su guerra. Y al final termina negociando una salida honrosa; una salida con olor de capitulación y el color de humillación. Es lo que vivieron Kennedy, Johnson y Nixon en Indochina en los años 60 del pasado siglo. Y es el mismo callejón en el que cayó Trump, con peculiaridades propias del caso. El acuerdo firmado por Trump deja intocados los asuntos que habrían motivado la guerra, como son el programa nuclear de Irán, su producción de misiles balísticos, su régimen político hostil hacia Occidente y su apoyo a las milicias de los Hezbolá y los hutíes. Sobre el programa nuclear hay ciertos compromisos de Irán de iniciar negociaciones, pero, conociendo sus tácticas dilatorias, no irán a ningún lado. Lo único específico del acuerdo es la apertura del estrecho de Ormuz para permitir su libre navegación. Pero habiendo estado el estrecho abierto antes de la guerra, el mérito de su reapertura es muy cuestionable. Al final del día, el régimen iraní sale intacto de este conflicto. No solo que se ha fortalecido, sino que se ha radicalizado. Las fisuras políticas del Medio Oriente se han profundizado por el vacío que ha provocado la perdida de liderazgo de EE. UU. Si alguien quisiera aprender cómo perder una guerra, le bastaría observar el desarrollo de este caso. Parece increíble, por ejemplo, que nadie le advirtiera a Trump que Irán cerraría el estrecho de Ormuz provocando una crisis económica mundial, y que afectaría a los EE. UU. Y que a nadie –desde Julio César hasta Napoleón– se le ha ocurrido pelearse con sus aliados en momentos como estos. O que Irán no era Venezuela, por lo que nunca apareció una Delcy Rodríguez en Teherán. El vencedor de esta guerra ha sido probablemente China. Pekín seguramente ha tomado nota sigilosamente de los errores de su adversario y de su desgaste. Y para rematarlo, el presidente estadounidense escogió nada menos que el Palacio de Versalles para firmar el famoso memorándum de entendimiento, durante una cena invitación de Macron. Como ya se ha observado, fue en ese mismo palacio donde en 1871 Bismark humilló a Francia al usar su salón de los espejos para proclamar el Imperio alemán luego de derrotarla en la guerra franco-prusiana, y fue en ese mismo sitio donde Hitler en 1940 ordenó izar la bandera nazi en revancha del tratado que allí se firmó en 1919 y en el que se denigró a Alemania. Habrá que ver cuán profundas son las consecuencias de este fracaso en el tablero geopolítico del Medio Oriente y del mundo en general. (O)