Columnas DiariasCuando la corrupción deja de ser escándalo y empieza a parecer trámite normal, la confianza se pierde.
Hay países que administran petróleo; otros, tecnología; algunos, incluso, estabilidad. Guatemala, en cambio, lleva años administrando algo bastante más escaso: la confianza. Y lo hace con una consistencia implacable.
Aquí la desconfianza es una forma de vida. El ciudadano duda, el empresario calcula antes de invertir, el votante sospecha, y hasta lo absurdo —las propias instituciones parecen desconfiar entre sí—. Lo anterior no es paranoia; es nuestra realidad.
Cuando la corrupción deja de ser escándalo y empieza a parecer trámite normal, la confianza se pierde. En enero de 2026, un estudio reportó que 41% de los consultados dijo que la corrupción había afectado su vida o la de su familia; 54% consideró poco o nada probable que los responsables enfrenten consecuencias reales.
Fukuyama, en su obra Confianza (1995), lo advirtió: una sociedad no funciona solo con leyes, sino con confianza. Cuando existe, las cosas avanzan. Los contratos se respetan. Cuando no, todo se vuelve más caro, más lento y, sobre todo, más turbio.









