Si hay un síntoma que delata que ya voy dejando de ser joven, al menos en sentido estricto, es que cada vez valoro más la sabiduría del refranero español. El otro día estaba compartiendo con un amigo mis últimos descubrimientos sobre consejos de alimentación; pues aquello que yo había tenido que elaborar leyendo e informándome durante unos días lo resumía perfectamente un dicho que yo desconocía: la comida reposada y la cena paseada. Vamos, que cenar pronto y moverse después mejora la digestión y el sueño, algo que nuestros antepasados ya averiguaron y se encargaron de hacérnoslo saber a través de esa rima.PublicidadEs imposible dilucidar quién armó la frase por primera vez y cuándo lo hizo, o incluso si sucedió en varios lugares a la vez y versiones distintas se fueron mezclando y mejorando hasta el resultado final –que es lo que intuyo que pasa con la mayoría de refranes–. Lo que resulta evidente es que el esfuerzo colectivo de encapsular esa pizca de conocimiento y lanzarla en una botella al mar de la lengua es algo que debemos agradecer, y que deja constancia de algo en lo que hasta ahora toda la humanidad ha estado de acuerdo: que nuestros hallazgos sirvan para quienes vienen después de nosotros, que el mundo les resulte un poco más sencillo de habitar.Y digo hasta ahora porque desde que el capitalismo se ha devorado a sí mismo, más o menos como le pasa a la protagonista de La sustancia en el final de la película, la cadena se ha roto: ninguna generación volverá a vivir mejor que la precedente. La última y más palmaria de las señales que nos lo muestran es el hecho de que Elon Musk se haya convertido en la persona más rica de la historia, acumulando un capital equivalente al de la mitad pobre de la humanidad. Creo que ningún dicho nos avisaba de semejante barbaridad, de semejante estupidez.Si no viviéramos instalados en la pura doctrina del shock desde hace un par de décadas, nos costaría creer que el ser humano ha generado un sistema económico cuyo eje central es la desigualdad, y que esta es capaz de alcanzar estos límites mitológicos. Es antinatural pensar que la misma especie capaz de ponerse de acuerdo para transmitir sabiduría a través de algo tan inmaterial, comunitario y poderoso como un refrán ha acabado asomada a este abismo: al paso previo a que el planeta entero sea una propiedad privada que alguien puede comprar. Y todavía le sobraría para otros caprichos, como la dichosa colonia en Marte.Al leer las noticias en torno al nuevo estatus monetario de Musk –el que hemos tenido que inventar para él–, uno no puede evitar preguntarse qué cantidad de dinero es aquella que marca el tope de lo cómoda que puede ser una vida. ¿Realmente hay alguna diferencia entre tener mil millones de dólares o un millón? ¿Qué se puede comprar con la segunda cantidad que no se pueda con la primera? Supongo que hay quien colecciona ceros en el banco como si fueran cromos, por la satisfacción de tenerlos todos. Pero cuando se completa el álbum, ¿qué pasa?PublicidadMucho más que el bienestar del magnate (que, por otro lado, es visiblemente inexistente a pesar de su fortuna), me preocupa el de la infancia que se está criando en un mundo que persigue y celebra la desigualdad más salvaje. De hecho, escribiendo estas líneas me ha venido a la mente la imagen de ese típico niño insoportable que, cuando va perdiendo en el juego, se lleva la pelota. El que solo consiente ser el campeón, y como esa tarde resulta que es él quien ha aportado el juguete, los demás tienen que dejarse ganar o renunciar a la diversión. Hemos dado por natural que todo tenga dueño, incluso aquello que solo tiene sentido si lo disfrutamos todos.No hace falta más que pensar en la poderosa alianza entre Elon Musk y Donald Trump (por más efímera que resultara, como cualquier convivencia de dos gallos en el mismo gallinero) para terminar de completar la metáfora. Cuando se juntan una personalidad megalómana que no admite ser el segundo en nada y un poder adquisitivo solo comparable a un villano de cómic, los resultados podrán resultar sorprendentes, pero no imprevisibles. Porque, ¿qué pasaría si ese niño repelente fuera el dueño no solo del balón, sino del colegio entero?Ánimo a quienes os encontráis en procesos de crianza, porque me parece muy complicado formar a una criatura en los valores de la solidaridad, la empatía y la responsabilidad sobre los actos personales en una sociedad que premia exactamente lo contrario. Ya podemos ponernos a idear qué refranes inventaremos para que la humanidad del futuro navegue el planeta que económica, social y climáticamente les va a quedar en herencia. Que nos inspire la boca que mejor ha usado los dichos populares en la literatura española, la del manchego Sancho Panza: muchos pocos hacen un mucho. La historia nos reta a enfrentarnos al mucho más enorme de la historia con una hermandad de infinitos pocos.