Cuando llegamos a cierta edad, aprendemos a mirar nuestras vidas con distancia y con ironía, y esto funciona como una vacuna contra la arrogancia y los delirios de grandeza. Lo explica la filósofa suiza Barbara Bleisch en ‘En medio de la vida’, un libro en el reivindica la lucidez de la madurez y del que ‘Ideas’ publica un adelanto

Cuando contemplo el paisaje de mi vida hasta ahora, mi mirada recorre regiones de lo más diversas. Junto a bosques con abundantes claros se extienden pantanos profundos, suaves colinas que se alzan sobre extensos prados y laderas pedregosas que se alternan con caminos pavimentados. Desde la meseta de la mediana edad es más fácil reconocer por dónde discurren las áreas fronterizas y qué paisajes están delimitados por nítidos contornos; dónde se rompió abruptamente una amistad y dónde se bif...

urcó un camino... Vistos desde lejos, los periodos que vivimos en su momento como hondos abismos se asemejan hoy más bien a pequeños desfiladeros, y, a vista de pájaro, aquellos tiempos complicados que parecían no tener fin son ahora una breve ruta a través de unos matorrales que, un poco más adelante, desembocará en un precioso paisaje.

En años anteriores rara vez se nos ha concedido una altura tan diáfana en el pensamiento y en el sentimiento. Lo que ocurre, sencillamente, es que se necesita material de vida ya vivida para poder distanciarse de ella. Y solo podrá tomar esta distancia quien se haya separado un poco de los acontecimientos anteriores y haya conocido la experiencia del pasado, quien sabe que todo pasa, incluso la peor de las deshonras, el enfrentamiento más doloroso, pero también las victorias conquistadas y los momentos felices. No podemos aferrarnos a nada, lo cual unas veces nos alivia y otras nos entristece, pero siempre, en cualquier caso, le quita algo de gravedad a la vida y a nuestros afanes. Porque desde la distancia es posible reconocerlo: por mucho que un asunto se exacerbe, los días y los años transcurren, y al final muchas cosas acaban resultando bastante menos dramáticas de lo que parecían al principio. Por eso, una experiencia característica de la mediana edad es, básicamente, y como ya hemos visto, la desdramatización.