“No hay quien se coma esta carne”, recuerda Pepa que dijo su madre, María (85 años), en la última comida familiar. Remataba con un “mujer, está claro que la cocina no es lo tuyo”. Podría ser simplemente un comentario sin importancia o una muestra de la más absoluta franqueza, y donde hay confianza, ya se sabe. Pero también puede responder a que a medida que pasan los años, se va perdiendo “filtro”. Esta sencilla frase ha molestado y, a la vez, preocupado a la familia de María. “Mamá antes era la más amable de las abuelas; ahora critica al que se le pase por delante, desconocidos incluidos”, lamenta Pepa.Es posible que esta situación nos resuene bastante y traigamos a la memoria el caso de familiares mayores que se expresan de manera similar, o las veces que hemos presenciado escenas parecidas en el supermercado, en la sala de espera del médico o en el autobús. U otras frases que se dicen sin venir a cuento, como “te veo demasiado delgado” o “fíjate lo que has engordado”; “¿sigues con ese novio tan horroroso?”; “no es por meterme en vuestra vida, pero esta forma de criar está mal”; “eso no es música, es ruido” o “¿cómo te has hecho ese corte de pelo tan feo?”.El “filtro” en el cerebroLlegada la madurez, algunas personas pierden el pudor a decir cosas que antes no decían o no les importa manifestar lo que realmente piensan, sin tamizar sus palabras ni valorar el contexto en el que pueden resultar fuera de lugar, groseras, inapropiadas, ofensivas o, incluso, hirientes. Se dice que alguien no tiene “filtro” cuando habla sin tener en cuenta ni medir cómo puede impactar lo que dice en los demás; sin pensar en quien recibe el mensaje. No es que haya mala intención, ni mala educación ni descortesía; aquí participan una serie de procesos psicológicos, cambios neurológicos naturales y factores sociales.No es solo una percepción. Existen varias investigaciones, como la publicada en The Journals of Geronthology, que demuestran que la función inhibitoria disminuye con la edad y puede afectar diversos dominios cognitivos. “No es que no quieran callarse, es que al cerebro le cuesta más trabajo hacerlo a tiempo y no es capaz de inhibir esa primera respuesta o pensamiento”, explica el psicólogo Javier Tubío, experto en psicogerontología, docente e investigador en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).El “filtro” o control inhibitorio es una función que depende principalmente de la corteza prefrontal (córtex orbitofrontal), ubicada en los lóbulos frontales del cerebro, que permite regular lo que decimos y lo que hacemos y actúa como un “freno” cognitivo y social. Otro estudio, realizado por la Universidad de Liverpool (Reino Unido) y publicado en la revista PeerJ, asegura que, a medida que envejecemos, las personas sanas van experimentando un deterioro cognitivo en la corteza prefrontal, que incluye el control inhibitorio. Esta condición no se detecta fácilmente; solo asoma con la expresión de comentarios inconvenientes en determinados contextos de manera reiterada. Tubío sostiene que no nacemos con ese control inhibitorio, y, por eso, “la conducta en los niños es impulsiva y las emociones brotan sin ningún tipo de cortapisa. Al crecer, se aprende a controlar pensamientos, emociones, comportamientos o respuestas motoras automatizadas”, explica.No es que no quieran callarse, es que al cerebro le cuesta más trabajo hacerlo a tiempo y no es capaz de inhibir esa primera respuesta o pensamientoJavier TubíoExperto en psicogerontología e investigador en la UNIR¿Sucede por causas biológicas o sociales? En realidad, es una combinación de ambas. Por una parte, como hemos visto, el envejecimiento natural conlleva cierto deterioro de algunas zonas del cerebro. “Desde la neurociencia, se sabe que las regiones evolutivamente más modernas y que tardan más en desarrollarse, como es el caso de la corteza prefrontal, son las primeras en deteriorarse”, asegura Mara Dierssen, neurocientífica e investigadora del Centro de Regulación Genómica (CRG) de Barcelona, docente y actual presidenta del Consejo Español del Cerebro. “Esta área de las funciones ejecutivas y el control de los impulsos, empieza a perder su funcionalidad, aunque no ocurre igual en todas las personas, porque todo dependerá de la neuroplasticidad de cada uno”, concluye. La experta nos recuerda que todo dependerá de la neuroplasticidad, esa capacidad del cerebro para crear nuevas conexiones neuronales a lo largo de la vida “que permite desarrollar funciones cognitivas más elevadas, más avanzadas, y protege contra el deterioro del cerebro”.La reserva cognitiva puede ampliarse con interacciones sociales enriquecedoras. Getty ImagesSe han publicado varios trabajos científicos que respaldan esta mirada, que han relacionado la atrofia de los lóbulos frontales asociada a la edad con el deterioro del control inhibitorio y la cognición social, y revelan que las personas mayores reaccionan de manera diferente a los adultos jóvenes ante situaciones socialmente incómodas. Un ejemplo es que a muchas personas de edad más avanzada les cuesta identificar un sarcasmo o una frase dicha sin tacto; por la misma razón, es fácil que a ellos se les escape algo igualmente fuera de lugar.Ya no importa tanto lo que digan los demásLa parte biológica es solo una de las causas de que con la edad hablemos “sin pelos en la lengua”. En el plano social y emocional convergen diferentes factores. Uno de ellos es que el aumento de la confianza en uno mismo, que se va fraguando con el tiempo, hace que los séniors resten importancia a la opinión de los demás. El psicólogo señala que “no tienen tanta necesidad de ‘quedar bien’ con desconocidos como les pasa a los más jóvenes, que valoran más tener una red social amplia”. Como ya han construido su vida y han superado multitud de crisis y situaciones adversas de las que se han recompuesto, “el juicio o validación de los demás pierde el poder amenazante que tenía antes, y esto hace que no se sientan en la obligación de fingir algo que no sienten”.Además, conforme se van haciendo mayores, las personas comienzan a priorizar su propio bienestar emocional presente. Reducen sus relaciones sociales, pero las personas que eligen son las más significativas para ellos, perdiendo cierto interés en las interacciones que les resultan falsas o vacías.Lee tambiénLa desinhibición puede ser solo anecdótica o causar malestar en los seres más queridos, como hijos, nietos o cuidadores. El psicólogo afirma que “probablemente, la intención no es herir, pero el pensamiento es más rápido que los filtros inhibitorios. Como la empatía no tiene por qué verse afectada por el envejecimiento, la persona puede ser consciente del daño que ha causado su comentario o acción y sentirse mal por ello, luego”.Pero, decir lo que se piensa y actuar según dicten las emociones no solo tiene ese lado negativo o “desadaptativo”, como dice el psicólogo. También se puede mirar en positivo, ya que estas opiniones pueden ser bienvenidas en determinados contextos. “Dan más autenticidad a las personas, y vuelven su opinión más confiable, porque se tiene la seguridad de que dicen y actúan conforme a lo que sienten, sin enseñar una doble cara, algo que se agradece”.Es inevitable que el cerebro acuse el paso del tiempo, pero lo bueno es que podemos retrasar el envejecimiento, entrenándolo todos los díasMara DierssenNeurocientífica e investigadora del CRGOtro aspecto positivo es que, como la experiencia es un grado, parece que da cierta licencia tácita para expresar el parecer de cada uno sin tapujos. “Poder hablar sin filtro es como un galardón o privilegio que obtenemos por veteranía, un signo de inmunidad social”, añade el experto. Por último, es probable que se alcance también una mayor libertad. “Nuestra historia ya está escrita: sabemos quiénes somos, qué hemos logrado, qué errores hemos cometido y cuáles son nuestros valores”, opina el experto. “Ya no buscamos definir una identidad y el juicio externo deja de ser una amenaza para la autoestima”.No obstante, hay que tener en cuenta que si esta pérdida de filtro es excesiva o demasiado recurrente y comienza a afectar al correcto desarrollo del día a día o va acompañada de agresividad, falta total de empatía o un cambio radical de personalidad, puede que ya no estemos hablando de un signo de envejecimiento natural y esperable, por lo que conviene consultar con un profesional. “Podríamos encontrarnos en una fase inicial de demencia, como, por ejemplo, la demencia frontotemporal o una demencia vascular en donde la desinhibición es uno de los síntomas más tempranos”, dice Tubío.Cuando surgen expresiones desafortunadas, conviene que los familiares y cuidadores se armen de mucha, pero mucha, paciencia y comprensión. No se trata de ser condescendientes, pero sí de entender que hay diversas variables que están en juego. Lo más importante es promover la comunicación y que el mayor y todos los afectados hablen abiertamente del tema. El especialista en psicogerontología sugiere “no tomarse los comentarios como algo personal (puede que sea difícil ante un comentario hiriente), pero hay que ser conscientes de que existe una explicación neurobiológica a esta pérdida de tacto de nuestro familiar mayor, puesto que su cerebro ha cambiado progresivamente y ya no procesa la información como lo hacía antes”.Una buena recomendación del profesional es poner dosis de sentido del humor, sin entrar en discusiones ni desgaste estéril. Si el comentario es realmente hiriente o se entra en un bucle, es mejor parar la situación de manera tranquila, pero firme, y desviar la conversación.El cerebro agradece los buenos hábitos“Es inevitable que el cerebro acuse el paso del tiempo, pero lo bueno es que podemos retrasar el envejecimiento, entrenándolo todos los días”, dice Mara Dierssen, quien explica que ello “favorecerá la neuroplasticidad, es decir, las conexiones en todas las zonas cerebrales, incluida la prefrontal, por lo que el control inhibitorio funcionará mejor y tardará más en decaer”. Una forma de ejercitarlo, según la neurocientífica, es cultivar una buena reserva cognitiva, lo que se consigue a través del aprendizaje de cosas nuevas y desafíos que se le planteen al cerebro. “Es útil volver a memorizar rutas sin sistemas de navegación, aprenderse los números de teléfono, prestar atención a lo que hacemos y realizar actividades que impliquen usar los sentidos”. Un ejemplo es intentar comer o ducharse con los ojos cerrados o con los oídos tapados, y reconocer formas o texturas. Leer, aprender idiomas, tocar un instrumento musical o hacer pasatiempos también son buenos ejercicios, según la neurocientífica.Cuidar la salud cerebral es cuidar la salud en general. Getty ImagesJunto al entrenamiento del cerebro, son imprescindibles los buenos alimentos, el ejercicio físico, el descanso y la regulación del estrés. Por eso, la Sociedad Española de Neurología (SEN) ha publicado un libro dirigido por los doctores Miguel Ángel Laínez y Jesús Porta-Etessam en el que se señala una serie de pequeños gestos para hacer en casa que favorecen la plasticidad cerebral, y con ello poder retrasar el deterioro de la corteza, en general, y la prefrontal en particular.Láinez, jefe del servicio de neurología del Hospital Universitario Casa de Salud de Valencia, considera que uno de los mejores planes para nutrir el cerebro es nuestra conocida dieta mediterránea. Otra muy similar y muy interesante es la dieta MIND, específicamente diseñada para el cerebro, que pone especial énfasis en las verduras de hoja verde, los frutos secos, como las nueces, y las bayas o frutos rojos (arándanos y fresas). También contempla la limitación de alimentos como margarinas y mantequilla, queso y fritos, carnes rojas y bollería y dulces. Y, por supuesto, el alcohol y el tabaco, muy tóxicos para la salud cerebral.
Perder el filtro con la edad: “Antes mi madre era la más amable de las abuelas y ahora critica a cualquiera que se le pasa por delante”
La corteza prefrontal es la zona del cerebro relacionada con el control inhibitorio, responsable de regular lo que decimos, y es una de las primeras en deteriorarse con el envejecimiento natural













