Hay cosas que no entiendo de los médicos. Se empeñan en recetar dietas, pastillas, sudokus y paseos a la gente mayor, cuando podrían animarlos a tener un amante y un huerto.

Considerad a Concepción, sin ir más lejos. Es la única abuela del pueblo que no toma pastillas de forma habitual. Tiene 378 años, tomates y un señor que la visita. Cada viernes se reúne con el grupito de amigas a merendar en el bar, y se pide una napolitana de chocolate y un café en vaso de cristal “con cuatro gotas de veneno”, como ella dice. Las demás la miran con una envidia que se las come por dentro, y yo estoy convencida de que una parte de sus problemas de tensión vienen de ahí.

“Tendrías que hacerte mirar la presión”, “eso no te va nada bien para el azúcar”, la atosigan, inquisitivas. Ella, de entrada, hace como que no se entera. Pero cuando se le acaba la paciencia, las manda a freír espárragos, se levanta de golpe —todo lo erguida que puede levantarse una viejecita rígida con indicios de chepa— y se va, no sin antes soltar, con desdén, “¿qué se me ha perdido a mí en casa del médico? Si voy, me dará pastillas, como a vosotras. Mirad qué surtidos lleváis en el bolsillo. ¡Os pasáis el día rumiando como las vacas! ¡Todo el día royendo! Yo no quiero pastillas”. El drama se repite cada semana, con ligeros retoques de guion. “Hay que ver, qué pronto tiene”, suspiran ellas. Pero si un viernes Concepción no apareciese a la cita, barrerían cielo y tierra hasta encontrarla.