María dejó de comer pan hace dos años. Después eliminó el azúcar, la cervecita del aperitivo y prácticamente cualquier alimento ultraprocesado. Empezó a caminar 12.000 pasos diarios, dejó el ascensor para subir siempre por las escaleras y se apuntó a clases diarias de fuerza. Además, se compró un reloj que le mide el sueño y cada mañana consulta una aplicación que calcula su “edad biológica”. Tiene 66 años y, sin embargo, dice que nunca había sentido tanto miedo a envejecer.“Si un día no entreno, me siento culpable, siento que no puedo saltarme ninguna rutina si quiero estar bien”, cuenta. “Todo a mi alrededor parece decirme que si envejezco mal es porque no me estoy cuidando lo suficiente”. Así, lo que empezó siendo una decisión para sentirse mejor ha terminado convirtiéndose en una forma de vigilancia permanente. De hecho, María admite que llegó a un punto en el que no sabía si se estaba cuidando o castigando.Los médicos insisten en que hacer ejercicio, descansar bien y alimentarse de forma saludable mejoran claramente la calidad de vida y ayudan a prevenir enfermedades. Pero cuando la obsesión por retrasar el envejecimiento se transforma en una exigencia de rutinas extremas y control constante, afloran la culpa, la ansiedad, el aislamiento social y trastornos alimentarios como la ortorexia.Y es que el paso del tiempo nunca había sido una losa tan pesada. Ya no se trata de cumplir años, sino de hacerlo “correctamente”, estando activo, fuerte, autónomo y saludable el mayor tiempo posible. La presión por optimizar el cuerpo al máximo ha disparado los ejercicios extremos, el consumo de proteínas y suplementos y el ayuno intermitente, entre otras rutinas. El objetivo es llegar en forma a los 70, los 80 o incluso los 100. Una presión por la búsqueda del bienestar que puede terminar generando malestar.Discriminación edadistaA pesar de todo esto, Andrés Losada-Baltar, psicólogo especializado en envejecimiento y bienestar y catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, recuerda que “el envejecimiento de la población es uno de los grandes logros sociales”. “Hoy las personas de 80 años están mejor física y mentalmente que las generaciones previas, gracias al acceso a la educación, la sanidad y el desarrollo del estado del bienestar”. Sin embargo, este logro choca radicalmente con una sociedad cada vez más edadista, hedonista e individualista, que ensalza la juventud y rechaza la vejez.Un contexto ideal para la industria antienvejecimiento, que mantiene un bombardeo continuo sobre cómo combatir el paso del tiempo, evitar cualquier señal de vejez y no aparentar ser mayor. Una presión comercial a la que mucha gente sucumbe, entrando en una espiral que les hace sufrir mucho, argumenta el especialista.Lee tambiénLa consecuencia de esta situación —sostiene el especialista— es el rechazo frontal de los ciudadanos a todo aquello que tiene que ver con la vejez, un estado vital que “se equipara constantemente y de manera errónea con enfermedad, dependencia y carga social”. Esta idea va alimentando la discriminación hacia las personas mayores, a las que se culpa, además, por el coste de recursos que se necesitan para hacer frente a esa manera de ver el envejecimiento.Pero lo más alarmante es que esa idea de exclusión sobre el estándar termina afectando a la propia percepción de las personas que se autodiscriminan. Es la pescadilla que se muerde la cola y que puede iniciar un proceso de aislamiento en el que se pone en juego la salud física y mental de la persona “a causa del maltrato que recibe de la propia sociedad en su conjunto, incluidos los colectivos profesionales”, advierte Losada-Baltar. Como muestra de esta reflexión, el catedrático pone de ejemplo la pandemia de la COVID, donde se llegó a normalizar, incluso por parte de las instituciones públicas, una fuerte discriminación hacia las personas mayores.El auge de la medicina preventiva es una de las causas de esta tendencia entre séniors. Getty Images/iStockphotoParte de este cambio de percepción social de la vejez tiene que ver con el auge de la medicina preventiva, la divulgación científica y la industria de la longevidad. Un cambio que tiene su lado positivo al conseguir mejorar los hábitos y la calidad de vida, pero también su cruz: la presión psicológica como la que se autoimpuso María, llenándola de culpa.Un estudio publicado este año en Journal of Aging Studies alerta precisamente de que los modelos del llamado successful aging o envejecimiento exitoso pueden generar sentimientos de insuficiencia o culpa en aquellas personas que no alcanzan ciertos estándares físicos o de autonomía que se han normalizado De hecho, los investigadores proponen abandonar los modelos rígidos de cuidado establecidos para evitar que el envejecimiento saludable se convierta en una nueva obligación moral.La vejez se equipara constantemente y de manera errónea con enfermedad, dependencia y carga socialAndrés Losada-BaltarPsicólogo especializado en envejecimiento y bienestar y catedrático de la Universidad Rey Juan CarlosLa ciencia también ha demostrado que la percepción subjetiva de la edad está íntimamente relacionada con el bienestar psicológico, de tal modo que la interpretación que una persona tiene de su propia edad condiciona la forma en la que vive el proceso de envejecer, generando frustración si no llega al patrón establecido. En este sentido, Losada-Baltar señala que “el propio efecto del edadismo y la presión social hacen que muchas personas rechacen aquello que no encaja con la imagen que quieren proyectar de sí mismas”. Y añade: “Quien se sale de la ‘moda’ de ser una persona mayor activa corre el riesgo de ser discriminado, incluso por sí mismo”. Es decir, sentirse mayor puede iniciar un proceso autoedadista en el que se interiorizan prejuicios sociales hasta el punto de aislarse, limitarse o sentirse una carga para la sociedad.Un discurso integradorLa geriatra Laura Coll, profesora de las facultades de Medicina y Ciències de la Salut i el Benestar de la Universitat de Vic (Barcelona), considera que este cambio de pensamiento es fruto del cambio de expectativas que tenemos sobre la vejez y de la forma en la que envejecemos, que a su vez tiene su origen en los cambios generacionales. “Antes estas preocupaciones no existían; ahora ya no nos conformamos con jubilarnos y disfrutar de los años que vienen, queremos estar en forma, no sufrir y no depender de nadie. Y ese mensaje es lo que percibimos como éxito, por lo que no llegar se considera un fracaso”.Pero Coll insiste en que ni la visión negativa clásica sobre la vejez ni el optimismo extremo actual son realistas. “Necesitamos un discurso que integre las dos realidades y permita conciliar el término medio, con una política de cuidados que permita vivir en residencias bien acondicionadas, poder seguir en tu domicilio con los cuidados que necesites, o mantenerte autónomo”. Porque “buscar mejorar tu salud y estar activo no es incompatible con ser vulnerable, tener limitaciones y necesitar de los demás”, subraya. “El envejecimiento implica pérdidas, pero también ganancias. Pensar que existe una única forma de envejecer bien es un error”.La investigadora recuerda, además, que vivir con dependencia o con una enfermedad crónica no conlleva que ya no puedas cuidarte, envejecer bien y llevar una vida plena. En este sentido, reivindica el concepto de ‘Salutogénesis’ que viene a significar que “podemos potenciar la salud en cualquier etapa de la vida, incluso cuando estamos al final de la vida”. La clave, sostiene, no está en cumplir estándares externos, sino en “tener proyectos, mantener vínculos y entornos que no discriminen”.El envejecimiento también va por barriosEn este punto, Coll, que también es vocal social de la Societat Catalana de Geriatria i Gerontologia (SCGiG), introduce un factor determinante a la hora de entender esa presión por ‘envejecer bien’: la desigualdad social, porque este asunto “también es cuestión de clases”. Para entenderlo en toda su dimensión —indica la geriatra—, hay que partir de que “la longevidad tiene un problema de base, y es que no todos somos igual de longevos”, afirma. Las personas con mayor nivel socioeconómico viven más años y en mejores condiciones, mientras que en los barrios con menos renta se concentran peores indicadores de salud, más enfermedades crónicas, mayor soledad y menos acceso a recursos preventivos.Por tanto, mientras unos pueden permitirse gimnasios, nutricionistas, suplementos o viviendas adaptadas, otros llegan a la jubilación preocupados simplemente por pagar el alquiler o mantener una pensión suficiente. Una foto en la que “encontramos perfiles mucho más susceptibles de seguir los mandatos del envejecimiento saludable, pero también hay personas con preocupaciones mucho más básicas”, explica Coll. Por eso la geriatra cuestiona conceptos como longevity o silver economy. “Existe cierta negación de la palabra envejecer y parece más aceptable hablar de longevidad o de sénior. Pero, en el fondo, esa idea de longevidad tiene algo elitista, porque no todo el mundo tiene las mismas oportunidades de llegar bien a edades avanzadas”.Parece más aceptable hablar de longevidad que de envejecer; es una idea algo elitista, porque no todo el mundo tiene las mismas oportunidadesLaura CollVocal social de la SCGiGLee tambiénGarantizar los cuidadosFrente a esa brecha, la investigadora defiende que el envejecimiento no puede abordarse solo desde las decisiones individuales o el consumo privado, sino desde políticas públicas capaces de garantizar equidad en cuidados, vivienda, salud y acompañamiento social. “Curiosamente, cada vez se habla más de longevidad, pero hay conversaciones sobre demencia, sufrimiento o el final de la vida, asuntos que realmente inquietan, que siguen siendo tabú”, resalta.En la misma línea, Losada-Baltar incide en la importancia de abordar las necesidades de los mayores más allá de la biología y abordar al mismo nivel los factores psicológicos, sociales y contextuales que también tienen un peso enorme en el bienestar. No hay que olvidar, dice, que “muchos factores de riesgo asociados a enfermedades como la demencia están relacionados con el entorno y el estilo de vida”.Coll, además, añade una dimensión aún más olvidada: el sentido vital. “¿Qué pasa cuando me jubilo, cuando pierdo a alguien, cuando enfermo? ¿Qué sentido tiene mi vida al envejecer? Son preguntas fundamentales que seguimos evitando”. A su juicio, se deberían tener más conversaciones sobre cómo queremos ser cuidados, sobre voluntades anticipadas y sobre el final de vida.María sigue yendo al gimnasio tres veces por semana, pero ya no mira cada mañana su edad biológica. Ha dejado de vivir el envejecimiento como una competición contra el tiempo. Ahora intenta cuidarse sin tanta presión ni tanta autoexigencia, sin convertir su vida en un examen permanente, en éxito o fracaso. Porque quizá envejecer bien no consiste en parecer eternamente joven, sino en aprender a vivir el paso del tiempo sin miedo ni culpa.
“Si un día no entreno, me siento culpable; todo me dice que si envejezco ‘mal’ es porque no me cuido”: cuando la presión por la longevidad genera culpa y ansiedad
El auge del envejecimiento saludable ha disparado la obsesión por mantenerse joven, activo y autónomo, pero lo expertos alertan de que esa exigencia puede derivar en ansiedad, autoedadismo y frustración.














