Después de los tiempos pandémicos, es buen ejercicio revisar punto por punto nuestras cotidianas carencias lingüísticas en cuanto al uso de la sintaxis y del léxico. Recomiendan los médicos que debemos ejercitar nuestro cuerpo para que no quede tullido, pero no siempre tienen en cuenta el cerebro, que, ante las dudas, necesita acudir al gimnasio de la bibliografía especializada para recuperar la plasticidad neuronal y lograr una comunicación lo más transparente posible en español. Las normas panhispánicas y las normas locales existen —cada país tiene las suyas—, y debemos tomar conciencia de eso. En 1994, escribió el gramático español Emilio Alarcos Llorach: «Hoy día concurren normas cultas diversas en los vastos territorios donde se practica el español como lengua materna. […] . Se comprende y hasta se justifica que cada uno encuentre más eficaz y precisa la norma idiomática a cuya sombra ha nacido y se ha formado; pero ello no implica rechazo o condena de otras normas tan respetables como la propia». Sin una sintaxis descriptiva, que analice la forma en que se habla o se escribe, en comunión con una gramática normativa, orientadora, que explique el porqué de lo correcto y de lo incorrecto, cada uno tendrá su normativa personal, interna, muy suya, y, además, la de otras personas, y la que recibe de la televisión, de la radio y de los diarios, lo que, en muchos casos, dificultará el acto comunicativo, sobre todo, por quebrantamiento de la sintaxis de la lengua española (Este miércoles por la tarde un hombre encontró a su padre 73 muerto y cuyo cuerpo estaba descuartizado; «Chris Guthrie es la joven hija de un granjero escocés que está dejando la niñez atrás. Pero justo cuando parece que puede encontrar el amor en el inquietante Ewan, su vida se ve alterada por una terrible tragedia»). Respecto del primer ejemplo, nos preguntamos cuántos padres tuvo ese señor si este es el «73». En cuanto al segundo ejemplo, casi podría decirse que constituye un anacoluto semántico, pues no es el granjero el que deja atrás la niñez, sino su joven hija. No todos hablan o escriben mal, pero hay algunos que hablan y escriben peor, y otros que se esmeran por hacerlo con más cuidado. Dice Victor Hugo que «el deber es un dios que no consiente ateos». ¡Magnífico pensamiento! para comprender que no se elige hablar y escribir bien, sino que es una obligación: primero, por el respeto que cada uno se debe a sí mismo y, segundo, por el que les debe a los demás. Y, de acuerdo con su etimología, respeto significa ‘consideración, atención, miramiento, acatamiento, veneración, sentimiento de estima’. A pesar de eso, los yerros —hasta los más graves— siguen teniendo sus fieles seguidores, quienes casi les rinden culto sin tener en cuenta las normas lingüísticas generales, y observamos preocupados que no les importa equivocarse porque, para ellos, hablar con cierta atención no significa contribuir al enriquecimiento de la cultura. Por este motivo, dice el pedagogo y escritor estadounidense Amos Bronson Alcott (1799-1888) que «la enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia» o —agregamos nosotros— dejar que, sin recato, siga difundiéndose (Le *atrayeron32 las rosas de tu jardín; En tanto que maestros, deben despertar la pasión por las palabras). Nada es nuevo. Hace muchos años que opinamos lo mismo. El silencioso tiempo pasa, y el llamado «progreso», que etimológicamente denota ‘avance’, nos muestra, en muchos aspectos, su cara de retroceso, pues seguimos padeciendo la orfandad de las palabras, que necesitan ocupar su lugar adecuado en el discurso para demostrar su verdadera fuerza.
Avances y retrocesos
Después de los tiempos pandémicos, es buen ejercicio revisar punto por punto nuestras cotidianas carencias lingüísticas en cuanto al uso de la sintaxis y del léxico. Recomiendan los médicos que debemos ejercitar nuestro cuerpo para que no quede tullido, pero no siempre tienen en cuenta el cerebro, que, ante las dudas, necesita acudir al gimnasio de la bibliografía especializada para recuperar la plasticidad neuronal y lograr una comunicación lo más transparente posible en español. Las normas panhispánicas y las normas locales existen —cada país tiene las suyas—, y debemos tomar conciencia de eso. En 1994, escribió el gramático español Emilio Alarcos Llorach: «Hoy día concurren normas cultas diversas en los vastos territorios donde se practica el español como lengua materna. […] . Se comprende y hasta se justifica que cada uno encuentre más eficaz y precisa la norma idiomática a cuya sombra ha nacido y se ha formado; pero ello no implica rechazo o condena de otras normas tan respetables como la propia». Sin una sintaxis descriptiva, que analice la forma en que se habla o se escribe, en comunión con una gramática normativa, orientadora, que explique el porqué de lo correcto y de lo incorrecto, cada uno tendrá su normativa personal, interna, muy suya, y, además, la de otras personas, y la que recibe de la televisión, de la radio y de los diarios, lo que, en muchos casos, dificultará el acto comunicativo, sobre todo, por quebrantamiento de la sintaxis de la lengua española (Este miércoles por la tarde un hombre encontró a su padre 73 muerto y cuyo cuerpo estaba descuartizado; «Chris Guthrie es la joven hija de un granjero escocés que está dejando la niñez atrás. Pero justo cuando parece que puede encontrar el amor en el inquietante Ewan, su vida se ve alterada por una terrible tragedia»). Respecto del primer ejemplo, nos preguntamos cuántos padres tuvo ese señor si este es el «73». En cuanto al segundo ejemplo, casi podría decirse que constituye un anacoluto semántico, pues no es el granjero el que deja atrás la niñez, sino su joven hija. No todos hablan o escriben mal, pero hay algunos que hablan y escriben peor, y otros que se esmeran por hacerlo con más cuidado. Dice Victor Hugo que «el deber es un dios que no consiente ateos». ¡Magnífico pensamiento! para comprender que no se elige hablar y escribir bien, sino que es una obligación: primero, por el respeto que cada uno se debe a sí mismo y, segundo, por el que les debe a los demás. Y, de acuerdo con su etimología, respeto significa ‘consideración, atención, miramiento, acatamiento, veneración, sentimiento de estima’. A pesar de eso, los yerros —hasta los más graves— siguen teniendo sus fieles seguidores, quienes casi les rinden culto sin tener en cuenta las normas lingüísticas generales, y observamos preocupados que no les importa equivocarse porque, para ellos, hablar con cierta atención no significa contribuir al enriquecimiento de la cultura. Por este motivo, dice el pedagogo y escritor estadounidense Amos Bronson Alcott (1799-1888) que «la enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia» o —agregamos nosotros— dejar que, sin recato, siga difundiéndose (Le *atrayeron32 las rosas de tu jardín; En tanto que maestros, deben despertar la pasión por las palabras). Nada es nuevo. Hace muchos años que opinamos lo mismo. El silencioso tiempo pasa, y el llamado «progreso», que etimológicamente denota ‘avance’, nos muestra, en muchos aspectos, su cara de retroceso, pues seguimos padeciendo la orfandad de las palabras, que necesitan ocupar su lugar adecuado en el discurso para demostrar su verdadera fuerza.










