La que firma está a dos comas de plantarse en la ferretería, pedir brocha y tinte rojo, y empezar a corregir los panegíricos que algunos atrevidos pintan por el pueblo. “Noelia te kiero”, reza en una señal de tráfico de camino a la playa. Así, sin la coma vocativa tras Noelia y keriendo a la gente como si viviésemos instalados en un eterno SMS escrito desde un Nokia 3310 en 2003.

Si la vas a querer, al menos, quiérela bien. Porque a las personas se las puede querer de muchas maneras, pero todas con cu.

Tengo un problema con las faltas de ortografía. Y con las de gramática. Y con las sintácticas también. Las detesto todas. Las propias y las ajenas. Me llevan los demonios. Un desprecio irracional y una intransigencia solo comparable a la que tengo por la tortilla con cebolla.

No puedo con las hostias sin hache. Ni con los hachazos a la concordancia gramatical al escribir un diálogo en estilo indirecto. Me molestan profundamente los latinismos mal escritos y solo tolero las licencias en el imperativo del verbo ir (idos, sería lo recomendable) si te llamas Lola Flores y estás invitando a la multitud a abandonar la iglesia donde se casa tu hija Lolita — “¡Si me queréis algo, irse!”—.

Mi cabeza es un boli rojo. Antes de que existiera la función de editar en los mensajes de WhatsApp, solía expiar mis faltas públicamente. A golpe de asteriscos a renglón seguido para corregir el error a la vista del interlocutor. Luego me fustigaba mentalmente por ese descuido con la misma dureza con la que fiscalizaba mis redacciones y dictados en el colegio. Mano de hierro desde el primero de los cuadernos Rubio, qué duda cabe.