Ni siquiera todo el sistema educativo dedicado a cambiar una estructura gramatical de los hablantes logró ningún éxito
Las lenguas evolucionan, sí, pero lo hacen despacio y en su parte léxica, difícilmente en la estructura gramatical. Usamos muchas palabras que no existían años atrás; sin embargo, es improbable que aparezcan de la nada una preposición, o nuevas conjunciones, o una cuarta conjugación verbal....
Por eso los lingüistas suelen mostrarse escépticos ante las propuestas que conciernen al género en español, ese accidente gramatical que no siempre se relaciona con el sexo: una mesa tiene género, femenino, pero no sexo; una jirafa puede ser un macho, un mosquito puede ser una hembra. Propuestas como las que defienden que el genérico es un masculino que no incluye al femenino, o el uso del morfema e en esa función (“les abogades”) afectan a bases sistémicas del idioma, y estas apenas evolucionan; y cuando lo hacen, el proceso dura decenios o siglos.
La presión ejercida desde determinadas cúpulas sociales para que los hablantes adopten nuevas fórmulas tiene complicado su éxito. Una muestra de la dificultad de imponer cambios gramaticales al habla de un pueblo la ofrece el intento que se produjo en el siglo XX en Argentina de acabar con el característico voseo rioplatense.






