Nos pasamos la vida perdiendo. Perdemos tanto que, al final, podemos incluso creer que alguna vez tuvimos algo

Aquí no suelen venir verbos. Vaya a saber por qué: yo nunca intenté evitarlos ni alejarlos, pero no se presentan. Se diría que un sustantivo, en su quietud altiva, llega más seguro: se parece a un concepto, tiene más visos de tolerar unas pamplinas a su alrededor que un verbo —que es, por definición, un potro desbocado. Pero creo que fue un error e intentaré rectificarlo. (Piensen, por ejemplo, sin ir más lejos, en la barbarie del verbo rectificar, que dice que para conseguir que algo sea como debe ser hay que volverlo recto, correcto, corregido; es toda una declaración a favor de lo más rígido, eso que no tiene matices, que no acepta presiones, eso que las ejerce. Un mundo

ttps://elpais.com/eps/2022-01-16/la-palabra-autoridad.html" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/eps/2022-01-16/la-palabra-autoridad.html" data-link-track-dtm="">recto, recio, un mundo autoritario.)

Todo esto porque hoy se presentó, inopinadamente, la palabra perder. Insisto: no sé de dónde vino. Sé sin embargo que viene, como siempre, del latín: perdere venía de per, del todo, y dare, dar; dar del todo, quedarse sin eso. Que perder venga de dar ya es un problema serio.