Necesitamos causas que no consistan en perder un poco menos sino en creer honestamente que podríamos ganar algo
No suelo meterme con los nombres propios, esas palabras raras. Pero a veces me tientan: cuando esos nombres se vuelven un símbolo, como le sucedió hace tantos años a la palabra Vietnam. Fue un concepto clásico: los muy pequeños atreviéndose a pelear por su libertad —sí, su libertad— con los más grandes. Y hasta podía funcionar como modelo, como cuando un tal Guevara de la Serna, un rosarino, decía que “Dos, tres, muchos Vietnam es la consigna”.
Pero voy a ser franco, con perdón: la palabra Vietnam no se me vino porque sí. Fue que miraba imágenes de protestas por Gaza por el mundo y me encontré a Martín chiquito, 11 o 12 años, mirando en una tele en blanco y negro imágenes más o menos parecidas: protestas por Vietnam por el mundo. Entonces, previsible de mí, se me ocurrió de pronto que Gaza es nuestro Vietnam —y las comparaciones se me volvieron más que odiosas.
No quiero juzgar —o al menos no demasiado— sino mostrar las semejanzas y las diferencias. Por ejemplo: salíamos a la calle, sí, para apoyar a los vietcongs pero no reclamábamos que los grandes gobiernos condenaran a sus invasores. Estaba tan claro que todos eran cómplices que no esperábamos nada de ellos; movilizarse por Vietnam no era movilizarse para que nuestros gobiernos rompieran con Lyndon B. Johnson, presidente de EE UU. Si acaso para que esos gobiernos —nuestro gobiernos— se sintieran un poquito amenazados: ¿nos pasará como en Vietnam?






