Frente a un poder que gobierna mediante la confusión, la única respuesta posible es construir realidad juntos: ciudadanos que graban, medios que verifican
Propaganda chapucera, memes oficiales, imágenes de IA que ni pretenden convencer, solo saturar y confundir. Hay hasta un término ridículo para ello: slopaganda. Es curioso que la tosquedad de esas imágenes no sea un defecto sino su rasgo central. Por eso decir “esto es obviamente falso” no funciona como refutación: es exactamente la reacción que se busca. Si la propaganda del siglo XX aspiraba a parecer verdad, esta nueva forma exhibe su falsedad. Piensen en Trump caminando junto a un pingüino hacia una bandera de Groenlandia. Algunos señalaron que los pingüinos viven en el Polo Sur. Pero corregir el dato es no entender nada. El mensaje no es “esto es real” sino “podemos hacer que lo falso circule como si fuera real, y no puedes hacer nada”. El “error” es irrelevante.
Estamos, pues, ante un cambio de régimen simbólico. No se trata de mala propaganda, sino de otra lógica de poder comunicativo. Hay una diferencia entre un Estado que miente y un Estado que trolea. El primero todavía rinde homenaje a la verdad ocultándola; el segundo ha abandonado el juego por completo. Bush mintió sobre Irak, pero fabricó pruebas falsas para parecer veraz. Hoy el poder ya ni siquiera pretende decir la verdad. Esto es lo que significa que la Casa Blanca publique memes generados por IA, imágenes manipuladas, provocaciones deliberadas. No es torpeza comunicativa: es una forma de gobierno. El Estado ya no gobierna a pesar de la confusión sobre los hechos, sino gracias a ella. Gobierna produciendo saturación. La pregunta es entonces inevitable: ¿cómo se construye la densidad de lo real en un tiempo en que la irrealidad se ha convertido en técnica de gobierno? ¿Es posible resistir a esto?






