Hace unos meses, por televisión, escuché algo que me sorprendió. Era la ocurrencia culturalista, desde luego inesperada, de un político en un mitin, aunque seguramente estuviera inducida por algún consejero. Luego he vuelto a escucharlo en boca de otros, y entonces ya sé que se trata de un auténtico eslogan echado a rodar con intención persuasiva, como todos los eslóganes.
Su presentación aislada de todo contexto permite que un eslogan sirva como bandera de lo que sea, y así funcionan, de hecho, los lemas comerciales. El poeta Gabriel Ferrater recomendaba considerar la poesía no como ese objeto aislado, sino como la cúspide de toda una pirámide histórica y social de la que emerge y a la que debe su sentido. Más o menos como la punta de un iceberg presupone una enorme y oscura masa de prosa (la economía, la sociedad, las creencias…) sin la cual la poesía se disolvería en el agua.
Sin embargo, a ambos extremos del dualismo político en que vivimos los argumentos prefieren servirse de la poesía sin más, a secas, sostenida en el vacío, como en las herencias tomadas a beneficio de inventario. La actitud afecta por igual (aunque a la inversa) a las dos facciones en liza. Pero esta vez una de ellas parece haber logrado una perla de gran voltaje, no aquella simple ocurrencia. En la clausura del encuentro Patriotas por Europa, celebrado por Vox en Madrid con las formaciones internacionales afines, Santiago Abascal arengó en defensa —dijo— “del Bien, la Verdad y la Belleza”, para reconocer después en el presidente Trump a “un compañero de armas” en esa batalla. Desde entonces, el eslogan se ha podido escuchar o leer en otras ocasiones.






