Solo sabemos, ya privados de casi toda inteligencia, que es muy triste que inteligencia signifique traición
Las palabras no ganan para sustos. Las traen, las llevan, las quitan, las ponen, las callan, las gritan, las pervierten: es una vida muy difícil. Algunas se defienden como pueden, escondidas donde pocos las digan o recuerden, pero otras sufren reveses tremebundos. Hasta hace nada, por ejemplo, la red era el aparejo del rudo pescador mal afeitado o del gentil cazador de mariposas; ahora
n-el-cis.html" data-link-track-dtm="">es el ogro que se come a nuestros niños crudos y a nuestros electores con patatas. Hasta hace nada, una maga era una mujer que hacía posible lo imposible; ahora es el epitafio en el gorrito de un señor mayor que se dedica a bombardear el mundo. A la palabra inteligencia le ha pasado algo así, y se la ve sentida, resentida.
Inteligencia, por supuesto, viene del latín, donde fue inter y legere, que, juntos, tienen dos significados muy curiosos: puede ser elegir entre dos cosas o relacionarlas. Así la inteligencia, tan indefinible, se puede definir como una cruza de esas dos aptitudes: la capacidad de elegir entre muchas la mejor opción, la de juntar elementos que parecían distantes y lograr algo nuevo en esa síntesis. Así la inteligencia fue, desde hace dos o tres siglos, la cualidad más apreciada o más temida: los que la tenían creaban, prosperaban, gobernaban, dudaban con ella. Alguno incluso se atrevió a pensar.






