Es en el mundo de la supuesta inteligencia las cosas no iban muy bien, pero en el mundo actual que la desprestigia todo parece ir bastante peor

La cita se ha retorcido hasta la extenuación desde que aquel asesor del candidato Bill Clinton le dijo que para ganar las elecciones —Estados Unidos, 1992— tenía que hablar de números: “¡Es la economía, estúpido!“, dicen que le dijo, y desde entonces la palabra economía fue reemplazada por la mitad de las palabras del diccionario. Cada quien tiene su receta, y la palabra estúpido parece reforzarla. Pero supongo que nunca tanto como ahora, cuando se diría que solo cabe repetirla: la clave para ganar unas elecciones “¡es la estupidez, estúpido!”.

El mundo —insisto: eso que llamamos “el mundo”— ha seguido un camino muy extraño. La sorpresa brutal fue hace justo 10 años, cuando de pronto vimos que no habíamos visto nada. En 2016, tres hechos distintos y muy parecidos nos atacaron a traición: primero el Brexit, la confirmación de que el viejo provincianismo británico tenía más votos que la nueva Inglaterra “global y moderna”; después el referéndum en Colombia, donde muy pocos imaginaban que alguien pudiera oponerse a un acuerdo de paz y, sin embargo, el no tuvo más votos; por fin, el triunfo en las elecciones americanas de un señor que parecía encarnar todo lo que Estados Unidos no era y encarnó lo que Estados Unidos realmente es.