En una sociedad plural, solo la soberbia que da estar harto de razón puede convencerlo a uno de que aquel que discrepe merece ser desnudado por ser irracional

Fue quizá Susie Wiles la primera que lo entendió. La actual jefa de gabinete de Trump y directora de su tercera campaña electoral se dio cuenta de algo aparentemente contraintuitivo. En las dos primeras campañas electorales de Trump, en 2016 y en 2020, su equipo, asesores y allegados se la pasaban intentando contener su parte más impresentable, luchando para que inhibiera sus instintos y haciendo control de daños....

Wiles, en cambio, cambió de estrategia. Al tomar el mando de su tercera campaña electoral, decidió no ponerle cortapisas, desinhibirlo y dejar que se mostrara exactamente como se le antojara (suponiendo que su comportamiento sea fruto del más frívolo antojo y no de un trastorno hipomaníaco). El resultado es conocido: en 2024, a diferencia de lo ocurrido en 2016 y 2020, Trump ganó el voto popular. Desconcertante. O no.

La clave que diferenció a las dos primeras campañas electorales de la tercera fue la vergüenza. O mejor dicho: la desvergüenza. Wiles entendió que cuando la política se convierte en el intento constante de avergonzar al adversario, mucha gente se sentirá atraída no por aquel que menos avergonzado haya quedado ―que sería tal vez lo más intuitivo―, sino por el más desvergonzado, aquel a quien, le acusen de lo que le acusen, jamás se le cae la cara de vergüenza. Trump. Cuanto más desvergonzado, mejor. Incluso al precio de mostrarse, a menudo, como un sinvergüenza siniestro.