Quizá lo más sorprendente de este segundo mandato de Trump es la burla constante a sus votantes más fieles
El gran enigma sobre Donald Trump consiste en la razón por las que solo se muestra sumiso ante dos personas: Vladímir Putin y Benjamin Netanyahu. Pareciera que en su relación con esos dos líderes suspendiera su habitual matraca de negociador inmobiliario, con plantes y desplantes continuados. Quizá la más sabrosa imagen que deja este segundo mandato de Trump es la burla cons...
tante con que trata a los que fueron sus votantes más fieles. Aquella renuncia a seguir construyendo una Norteamérica centrada en las relaciones internacionales para primar la dedicación a la economía interna se ha transformado en exactamente lo contrario. Su carácter de narcisista volátil le ha llevado a involucrarse en conflictos que no sabe resolver satisfactoriamente, pese a que los arranca con un golpe de efecto. La destitución de dos mujeres en la cúpula, Pam Bondi y Kristi Noem, curiosamente conocidas por sus diminutivos, a la espera de que caiga la tercera, Tulsi Gabbard, acrecienta esa imagen de macho alfa sin capacidad de encaje a la menor frustración.
Sus erráticas ruedas de prensa, sus declaraciones al pie de helipuertos y jardines muestran a un hombre confianzudo y bocazas. Colaboradores como Marco Rubio, miran al infinito cuando habla el jefe, como si añoraran en ese momento estar viajando en la Artemis 2 camino de la Luna. Poco a poco, los líderes internacionales le van perdiendo el miedo y comienzan a gestionar su propia actividad sin tener demasiado en cuenta al vociferante huésped de la mansión de Florida, ya conocida como Mar de Halagos.






