Ganando a veces se pierde y perdiendo a veces se gana porque, ¿qué es en realidad ganar?
Hace miles de años, cuando éramos niños, una noticia prendió como un chispazo por los arrabales de mi ciudad. Mi hermano había acertado la quiniela de 14. ¡Éramos ricos! O él era rico, pero reaccionamos con esa euforia contagiosa de quienes vivimos las buenas noticias de los nuestros como si fueran propias. Entonces no había móviles ni sé cómo nos enteramos, pero corrimos tan rápido a casa para celebrarlo que casi nos chocamos de frente, por el camino, con otro chico que también volaba entusiasmado hacia la suya. También la había acertado. Y con otro. Y con otro más....
Para cuando llegamos a casa a encender la radio sabíamos que el premio había disminuido más velozmente que nuestros pasos porque éramos niños, pero no tontos. La famosa quiniela de 14 no dio para piso, ni coche, ni moto, ni bici, ni patinete porque la acertaron miles, quién sabe si a mi hermano le dio para tirar unos petardos en el barrio.
Viene esto al caso de la lotería que ha tocado en Villamanín (León), donde los jóvenes proactivos y bienintencionados de la Comisión de Fiestas, de esos seres en peligro de extinción capaces de mantener la vida en marcha en un pueblo, cometieron un error al vender papeletas de más y no consignarlas.






