La emoción, el miedo a quedarse fuera y la tradición llevan a millones de personas a participar en una esperanza con mínimas opciones de cumplirse
Imagine que está a punto de jugar a la lotería. No conoce las probabilidades reales, pero recuerda perfectamente la historia de aquel bar donde tocó el año pasado. Esa imagen que se viene a su cabeza es tan real y palpable que se convence. “¿Y si ahora me toca a mí?”, piensa. Es casi seguro que los millones de personas en el país que han comprado un boleto atraviesan la misma fantasía: esperar que un número cambie sus vidas. La realidad es que la posibilidad de llevarse un premio es mínima...
Se trata de un truco del cerebro, exageramos algo solo porque lo recordamos con facilidad: eso es exactamente el sesgo de disponibilidad. Esta tendencia a pensar, percibir o decidir de una manera es bien conocida en el estudio de la mente. Enrique Echeburúa, catedrático emérito de Psicología Clínica en la Universidad del País Vasco, asegura que es común que la gente pueda sobreestimar la probabilidad de ganar. Los medios resaltan y cubren la euforia de los afortunados. “Son historias muy visibles, mientras que los millones de no ganadores apenas se mencionan”, señala.






