Algún día mis hijos dejarán de mencionar quién les ha enseñado a hacer lo que hacen. Ojalá recuerden todo lo que deben a los demás
Como a todos los niños de tres y cuatro años, a mis hijos les encanta hacer las cosas solos. Disfrutan de enjabonarse ellos solos en la ducha, de volcar sin ayuda el yogur en el bol por las mañanas y de intentar cortar con su cuchillo de punta roma la tortilla por las noches. Su voluntad de autonomía es a veces problemática, como cuando intentan limpiarse por sí solos después de ir al baño, pero el pellizquito de satisfacción que sienten después...
bien merece el desastre.
El orgullo de mis hijos por saber dibujar un perro o por escribir sin ayuda alguna palabra solo es comparable al del hombre cuando pisó la Luna. No por su intensidad y porque sea contagioso —que también—, sino porque, como cuando Armstrong plantó la bandera americana sobre la superficie lunar, ellos también son conscientes de que han llegado hasta allí gracias a la ayuda de otros. Por eso, cuando se jactan de sus logros, de saber subirse la cremallera, de hacerle pestañas y cejas a los monigotes o de conocer el significado de una nueva palabra, siempre mencionan a quienes les han ayudado a conseguirlo. Al podio no solo suben ellos, sino que llevan de la mano a su seño Nerea, a su padre o a sus abuelos, a quienes acreditan debidamente como coautores de sus logros cotidianos.






