Uno de los aspectos que más preocupan a las familias a la hora de educar y criar a sus hijos es la autonomía personal. Toda familia quiere un hijo independiente, capaz de hacer tareas del día a día, donde no precise de supervisión y ayuda continua, ya que esto supone calidad de vida no solo para el adulto que le acompaña, sino sobre todo para el menor en sí. Esta cualidad que, en muchas ocasiones, se puede creer que es innata, necesita de mucho trabajo, perseverancia y constancia para poder inculcar unas bases fundamentales que sirvan de raíces de la autonomía personal del menor para toda su vida.

La etapa de la primera infancia, desde el nacimiento hasta los 6-8 años de vida, es fundamental para la adquisición de nuevas habilidades y destrezas. Esta etapa es donde la plasticidad cerebral es mayor que en cualquier otra y se adquieren nuevos conocimientos de manera más rápida y sencilla, siendo muy relevante aquello que se fomente desde el hogar, ya sea a través del ejemplo de las figuras de referencia o a través de normas, pautas y rutinas diarias.

Para comenzar a favorecer la autonomía del menor es crucial destacar qué rasgos potencia y destaca este valor dentro de su vida, siendo la autonomía una característica que engloba grandes virtudes y habilidades para sí a lo largo de toda esta. Educar hijos autónomos es proveerles de herramientas para ser más libres, independientes, capaces y responsables. Es necesario confiar en su potencial y permitir que se equivoquen y aprendan a través de las consecuencias naturales a adquirir herramientas y estrategias para su día a día.