Vivimos en la era de la inteligencia artificial y el almacenamiento de datos en nubes incorpóreas donde guardamos una vida entera en bits. Nos han vendido que el futuro es digital, transparente, inmediato y etéreo, pero la realidad es que en España, cuando las cosas se ponen serias, y por ‘serias’ me refiero, a cuando alguien mete la mano en la caja de todos, el futuro sigue oliendo a celulosa, a tinta de bolígrafo Bic, a agenda y a libreta con interlineado. Es una paradoja berlanguiana: en el país donde se presume de la digitalización de la administración pública y de la receta electrónica, el verdadero motor de la intrahistoria patria, ese que se cocina en las cloacas, se sigue escribiendo a mano. Piensen en Luis Bárcenas, que guardaba el rumbo político español en unas fotocopias rancias con caligrafía de contable del siglo XIX. No eran hojas de cálculo de Excel complejas, ni bases de datos encriptadas, había nombres, apellidos y cifras apuntadas con el pulso firme de quien se sabe inmune hasta que deja de serlo. Aquellos ‘papeles de Bárcenas’ demostraron que la alta política se financiaba como una mercería de barrio de los años cincuenta, apuntando el fiado en una libreta de espiral. Luego vino el comisario Villarejo y su obsesión por el soporte físico, las cintas y sus cuadernos, esas que hacen temblar los cimientos del Ibex 35 y de los ministerios cada vez que se filtra una página. La nube se puede hackear, un disco duro se puede machacar a martillazos, pero la libreta que se esconde en el doble fondo de un armario resiste al paso del tiempo con una dignidad casi poética. A pesar del paso del tiempo, la cosa no ha avanzado: Santos Cerdán y Leire Díez también usaban libretas para apuntar las presuntas estrategias políticas, nombres y documentos que han sido encontrados en un almacén de Ferraz. Anotaciones sobre jueces, citas, pseudónimos y trapos sucios escritos a mano, con la minuciosidad de una adolescente que escribe en su diario íntimo y la intención, presuntamente, de proteger los intereses del Gobierno. La tecnología es fría, el papel es peligrosamente humano y el corrupto patrio necesita tocar el dinero en fajos, olerlo, por eso es el último refugio del tramposo. Algunos insisten en decir que Leire está como una cabra, cuando lo que quiere es irse con sus cabras, desaparecer y cambiar de papel, porque lo que tienen delante es un auténtico papelón. Un papel que, de momento, no desaparece en una trituradora o arde a 451 grados Fahrenheit.
La corrupción, del papel al papelón
La tecnología es fría, el papel es peligrosamente humano y el corrupto patrio necesita tocar el dinero en fajos, olerlo, por eso es el último refugio del tramposo.









