De entrada, pido disculpas por un título tan sobado. No he sabido encontrar otro que refleje mejor la profunda y creciente desazón que me produce constatar el ninguneo del factor tecnológico en los análisis de las grandes disrupciones que estamos viviendo.
No es que no hablemos de la digitalización, al contrario, tenemos análisis de la llamada tramposamente Inteligencia Artificial hasta en la sopa y en verano el gazpacho. Con todo tipo de predicciones deterministas que, en no pocas ocasiones, son desmentidas por la realidad. Pero estas reflexiones parten de una mirada en la que las innovaciones tecnológicas se presentan desligadas de la crisis de la democracia y de su más genuina expresión, la crisis de las estructuras de mediación social.







