La sociedad de consumo considera el silencio como algo delictivo. Hay mucho ruido en todas partes. El zumbido dentro y fuera de la cabeza está eliminando la reflexión y el espíritu crítico. El lenguaje se construye cada vez más con máquinas que pretenden sustituir el criterio propio.La inteligencia artificial es un avance formidable que está transformando las formas de trabajar y de producir. Sería ingenuo vaticinar el alcance de las tecnologías que han invadido nuestra existencia sin pedir permiso. Pero aquí están para quedarse y para destruir tantos puestos de trabajo como los que paralelamente van a crear. No hemos visto nada todavía, era un eslogan lanzado por Reagan para resumir lo que sería su segundo mandato en 1984.El problema es quién controla a los controladores y cómo se utilizan los datos que voluntariamente hemos entregado a personajes con grandes fortunas, que no tienen que rendir cuentas a nadie, ni siquiera a las agencias tributarias nacionales. Alex Wong / GettyLos que acompañaron a Trump en el viaje a China la semana pasada formaban parte de las llamadas élites tecnológicas que tienen la capacidad de crear opinión y de inducir el voto a millones de personas. El populismo ya no se hace en las plazas de toros o en los grandes espacios abiertos donde se congregaban las masas hace varias generaciones. Se perpetra en las redes de forma invisible pero eficaz.En los autoritarismos, las discrepancias se silencian eliminando los altavoces incómodos o controlando personalmente a los críticos. Se llega al extremo del envenenamiento o de los accidentes fortuitos de caerse desde lo alto de una ventana. En Irán murieron miles de manifestantes contra el régimen, unas semanas antes de que Trump y Netanyahu declararan la guerra al régimen coránico de Teherán.En las democracias abiertas es mucho más complicado, porque el ágora global tecnológica no tiene límites ni se pueden seleccionar los mensajes desde el poder sin que paralelamente aparezcan réplicas que desautorizan las directrices de un gobierno o de una gran empresa industrial o financiera.El rearme no puede ser solo en armas, sino en educación para combatir la cultura de la manipulaciónLa batalla cultural y política en las redes sociales, con sus ironías, sus sarcasmos y sus burlas, es el espacio donde hoy en día se pueden decidir unos miles de votos a favor o en contra de un candidato. Se puede enaltecer la figura de un personaje mediocre o destruir el prestigio de alguien que haya tenido un mal momento con expresiones impropias de su condición.Sabemos muy poco de lo que ocurre en Pekín o en Moscú. Y mucho menos en Corea del Norte. Pero conocemos a media tarde de cada día las ocurrencias de Donald Trump que se cuelgan en su cuenta Truth Social, que se estima que alcanza a siete millones de usuarios, que repican las palabras del presidente en las más diversas plataformas.La política internacional, la diplomacia y muchos encuentros y reuniones internacionales se hacen en abierto, sin mensajes encriptados ni viajes innecesarios. El ruido ensordecedor va por arriba, por los espacios mediáticos dotados de especialistas en generalidades, es decir, de quienes son capaces de hablar de la guerra de Irán, por ejemplo, sin conocer su historia ni el lugar estratégico que ocupa en el mapa de Oriente.Ante este panorama hiper­informado, el antídoto es la educación, la lectura, la ponderación y el criterio propio para salirse del circuito de las metáforas de lo políticamente correcto.Leo que en China hay entre 30 y 40 millones de estudiantes de piano, sobre todo niños. Los licenciados en Ingeniería y en carreras técnicas se calculan en más de 12 millones al año. No es una anécdota que Xi Jinping le hablara a Donald Trump de la trampa de Tucídides, el mensaje del historiador griego cuya idea era que cuando una potencia emergente amenaza a una potencia dominante, aumenta el riesgo de guerra. No se sabe si Trump captó la referencia de la guerra entre Atenas y Esparta hace unos veinticinco siglos refiriéndose al conflicto con Taiwán.El tan impetuoso discurso del rearme no puede ser solo en armas, sino en cultura y en educación, aprovechando las plataformas más sofisticadas para combatir el populismo tecnológico, que avanza en todos los países democráticos.