El filósofo Yuk Hui, nacido en Hong Kong, iba para ingeniero informático, pero la inteligencia artificial le llevó a hacerse preguntas sobre la consciencia, la ética y nuestra relación con la tecnología, por lo que acabó estudiando Filosofía en Londres. Profesor en la Universidad Erasmus de Róterdam, este año ha publicado en España Máquina y soberanía (Caja Negra), en el que propone la tecnodiversidad, la apertura a otras tradiciones además de la occidental, como respuesta a un mundo cada vez más homogéneo y con empresas cada vez más poderosas. En Post-Europa (2025, Mutatis Mutandis), Hui alerta contra ideologías nacionalistas y excluyentes, y en Kant Machine (2026, aún sin traducir) parte de las ideas de Kant para explorar los límites de la IA. Hablamos con él aprovechando que a finales de abril pasó por Madrid para dar una charla en Contemporánea Condeduque, donde estuvo acompañado de la periodista Marta Peirano. No dice su edad, pero cuando le preguntamos si se esperaba la explosión actual de la inteligencia artificial cuando empezó a estudiar Filosofía, aclara, bromeando, que no es tan mayor: “Ya había bastante investigación sobre IA y redes neuronales”. Lo que ha cambiado es, sobre todo, el modelo de negocio que hay detrás de la tecnología: “La mayoría de estas empresas son, en primer lugar, empresas financieras. Y solo después son empresas tecnológicas”. Este modelo no amenaza tanto con acabar con nuestros empleos como con instaurar nuevas economías y actividades, como la del reparto a domicilio.Pregunta. Son empleos peores para los trabajadores. Respuesta. No solo eso, además tu vida queda atada a un algoritmo. Por ejemplo, el tiempo estimado para entregar un pedido en un radio de tres kilómetros se reduce cada año. El algoritmo puntúa, gestiona la ruta, castiga. Mucha gente pensaba que con estos empleos al menos uno tenía un horario flexible. Pero no es cierto. Creo que la pregunta sobre la tecnología y el trabajo tiene menos que ver con el desempleo y más con unas empresas tecnológicas que quieren explotarnos y tenernos controlados cada segundo. P. ¿Y qué podemos hacer? ¿Podemos regular la tecnología? R. Regular o desregular es un falso dilema porque significa que ya hemos aceptado el punto de partida. Hay que encontrar un camino diferente. Y ese camino es la tecnodiversidad. Hemos de pensar, por ejemplo, qué tecnología podría facilitar el trabajo de las comunidades locales o unas redes sociales diferentes. No digo que la regulación no sea importante, pero no basta. Necesitamos desarrollar alternativas y orientar la innovación hacia otros caminos. P. En Post-Europa habla de una Europa poseuropea. ¿Qué significa eso? R. El término es del filósofo checo Jan Patočka. Se refiere a que, tras la Segunda Guerra Mundial, Europa dejó de ser una potencia mundial. Pero esto no significa que Europa deba remilitarizarse para recuperar su dominio. Eso sería prepararnos para otra catástrofe. Vivimos en una realidad poseuropea. Todos, también en Asia, somos poseuropeos porque nos hemos visto afectados por la modernidad europea. Si vamos a Tokio o a Seúl, vemos más cosas europeas que asiáticas, y no podemos renunciar a eso. Necesitamos pensar en qué hacer a continuación y la respuesta no es refugiarnos en el Estado nación y expulsar a los inmigrantes, sino desarrollar una política capaz de responder a los problemas locales que no se pueden resolver desde la perspectiva global: el desempleo, la delincuencia, la construcción de comunidades… P. Habla también de facilitar la individuación del pensamiento. R. Parto del concepto de individuación del filósofo Gilbert Simondon. No somos individuos acabados, estamos siempre en proceso. Por ejemplo, un día leemos un libro y eso transforma nuestra vida. Otro día conocemos a una persona que se convierte en un amigo, o conocemos a otra y formamos una familia. Hay tensiones que crecen hasta que la estructura no aguanta y se transforma. Quería explorar esta idea aún más al afirmar que las tensiones en el pensamiento son precisamente la condición para que se dé el pensamiento. P. ¿Cómo ha vivido personalmente estas tensiones? Es de Hong Kong, pero ha estudiado filosofía europea, china, japonesa… R. Cuando crecía, la filosofía china era algo anticuado, que parecía pertenecer al pasado, al imperio. Eso me tenía perplejo… Intento repensar la relación entre todas estas filosofías, y eso significa que yo también vivo en tensión, porque todos llevamos diferentes recursos culturales. Aprendí los clásicos chinos, fui a estudiar al Reino Unido, a Francia, a Alemania... y esos son mis recursos. Están en mí, quizás en algunos puntos no se hablan entre sí, pero coexisten. Soy su portador. Y, por supuesto, producen tensiones. Tengo que facilitar esta individuación, que es mi propia individuación como filósofo. P. ¿Ese cruce de culturas es una manera de ir al pensamiento planetario que plantea en Máquina y soberanía? R. Cuando hablamos de lo planetario solemos pensar en escalas cada vez mayores: de la polis al Estado, de ahí a los grandes espacios internacionales como la Unión Europea y luego a la idea de un gobierno mundial. Pero no creo que esa sea la salida, eso solo es la continuación de la modernidad, la pretensión de dominarlo todo. El pensamiento planetario se reduce a una pregunta muy compleja: ¿cómo podemos desarrollar una coexistencia entre humanos y también con los no humanos? Esto implica volver a la tierra y pensar en la diversidad en tres ámbitos: la biodiversidad, la noodiversidad —del griego nous, pensamiento— y la tecnodiversidad. Estos tres ámbitos no están separados, están interconectados. Los humanos no podemos quedarnos al margen de la biodiversidad, vivimos en la naturaleza y somos parte de la naturaleza. P. ¿Qué piensa de la nostalgia en política? R. Si por política de la nostalgia nos referimos a vivir en la gloria del pasado —por ejemplo, la gloria de la colonización española o la gloria del dominio de Occidente—, creo que es una idea peligrosa. Si pensamos así repetiremos las catástrofes de la historia. Vivimos en una situación diferente a la del pasado y es muy peligroso volver a esos momentos anteriores: ahora estamos muy cerca de los debates que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. P. ¿Una Tercera Guerra Mundial es posible?R. Mire cuántos países se están preparando para la guerra: si no la queremos, ¿por qué nos militarizamos? En esto estoy más cerca de Kant y de su idea de la paz perpetua. Otra guerra mundial sería una catástrofe. Estamos en un momento crítico para pensar el futuro del planeta y necesitamos resistir estas ideologías que vuelven a ganar fuerza.