Para muchas personas, resultan muy atractivas las mieles que promete el pensamiento tecnocrático para interpretarla realidad e imaginar un futuro mejor. Les atrae la idea de que en lugar de una incorregible casta política -cuyo único objetivo consideran que es beneficiarse a sí misma- sean expertos científicos y especialistas técnicos los que tomen la manija de la gestión gubernamental. Les tranquiliza pensar que las decisiones que toman esos buceadores del "mar de las eficiencias sin ideologías", las alejan del riesgo del temido TOC que produce la incertidumbre que -inevitablemente- caracteriza a la vida. El discurso tecnocrático fortalece “la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que “dejan atrás” a pueblos enteros. No es raro que pongamos nuestra esperanza en un potencial ilimitado, en formas de progreso que pueden agudizar las desigualdades, en soluciones inmediatas incapaces de sanar las heridas de los pueblos”, como reflexiona el papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas.

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