En pocos años, las grandes plataformas tecnológicas dejaron de ser admirados unicornios para convertirse en actores que condicionan democracias, economías y hasta la vida íntima de miles de millones de personas. Sin embargo, seguimos intentando regularlas con herramientas del siglo pasado. La encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, parte de que la tecnología nunca es neutra. La inteligencia artificial y las infraestructuras digitales amplifican decisiones muy humanas sobre qué datos se recogen, qué vidas cuentan, qué voces se escuchan. Cuando esas decisiones se concentran en pocas corporaciones globales, sin contrapesos adecuados, lo que está en juego ya no es sólo la competencia en los mercados, sino la dignidad de las personas y la calidad de las instituciones democráticas. Argentina no es ajena a este dilema. Dependemos de plataformas para trabajar, informarnos, educarnos y hacer política, pero casi no tenemos voz en su diseño ni en sus reglas. Para que la IA esté al servicio del desarrollo humano —y no al revés— debemos repensar cómo se regula el poder de Big Tech.
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