SEÑOR DIRECTOR:El Papa León publicó su primera encíclica apuntando a la necesidad de controlar la IA porque “tiende a aumentar sobre todo el poder de quien ya dispone de recursos económicos, competencias (…)”. Es fácil entender y compartir la preocupación del Santo Padre asociada a los datos que usan y obtienen las empresas de inteligencia artificial.Sin embargo, queremos resaltar algunas características que diferencian a la IA de revoluciones tecnológicas anteriores en cuanto a su efecto sobre las personas. Primero, la IA es la primera innovación en más de un siglo con el potencial de reducir brechas de productividad entre trabajadores. Esto ocurre porque potencia a trabajadores menos calificados en la medida que ellos puedan y sepan utilizar esta herramienta. La evidencia empírica, aunque preliminar, es consistente entre muchos estudios.Segundo, la IA se puede adoptar de manera individual, sin que el empleador lo imponga, elemento que cambia mucho la relación entre tecnología y trabajo. Esto permite democratizar su acceso, empoderando al trabajador en su uso, pero también dificultando el control que propone la encíclica. Así mismo, la IA puede ser utilizada en la vida personal y familiar de manera más rápida que en el caso de innovaciones anteriores (como las máquinas a vapor o la electricidad) donde su adopción requirió tiempo antes de llegar a los hogares.Entender estas particularidades de la nueva tecnología es entonces clave para pensar en sus efectos, y por lo mismo el llamado a investigar cómo usarla para un desarrollo integral es tan relevante.Jeanne LafortuneDirectora M-NEW, Profesora Inst. de Economía UCJosé TessadaProfesor, Escuela de Administración UC