Durante décadas la economía argentina cargó con un maleficio: la incapacidad de generar los dólares suficientes para sostener un crecimiento moderado sin acudir a endeudamiento público o controles cambiarios que en el mediano plazo erosionan la inversión. Sin embargo, un conjunto de señales que fueron cambiando en el último mes y que cambian el terreno sobre el cual el programa económico dibujó su hora de ruta: mayor superávit comercial, crecimiento de la inversión extranjera directa, aumento de las reservas del Banco Central y tendencia a la baja de la inflación. Sin embargo, el empujón final que el Gobierno auspicia para ingresar al año electoral con otro ánimo (y los bolsillos, aliviados) sigue chocando contra la reticencia del “sistema” a expandir el crédito.

Puntos de inflexión. La semana pasada ocurrieron dos hechos puntuales que marcaron lo que podría ser una tendencia más favorable. El primero fue la confirmación que la inflación está desacelerándose, recorriendo el camino inverso iniciado hace un año, cuando el IPC de mayo había marcado un piso (1,5%) y que llegó a tocar el por ahora techo de 3,4%. Las perspectivas para junio que recogen los analistas privados que miden la evolución de precios ven esta vez que pueda estar por debajo de la cifra de mayo (2,1%) dada la evolución de los alimentos no estacionales (sobre todo la carne, con un magro 0,5%) y las señales a la baja del petróleo en el mercado internacional, que en el último mes cayó 20%. Por ejemplo, el RPM que lleva a cabo Eco Go afirma esta tendencia (1,9%).