La foto de la economía argentina empieza a mostrar señales que, hace poco, parecían lejanas. Hay crecimiento del PBI, las exportaciones avanzan con fuerza, el riesgo país baja, el Banco Central vuelve a comprar reservas y la inflación se desacelera. Incluso el equilibrio fiscal aparece como un dato que se sostiene.

Sin embargo, debajo de esa superficie más ordenada conviven tensiones que no desaparecieron. El crecimiento es desigual entre sectores, el mercado de trabajo sigue mostrando signos de deterioro y, sobre todo, hay una variable que no termina de reaccionar: la inversión. Ese punto, menos visible en la discusión pública, es el que define si esta mejora macroeconómica puede transformarse en crecimiento sostenido o si vuelve a quedar como un rebote más dentro de una larga historia de inestabilidad.

La inversión: el eslabón débil del crecimiento

Un sendero de crecimiento sostenido requiere niveles de inversión cercanos al 25% del PBI, porque sin esa tasa de acumulación de capital no hay forma de expandir la capacidad productiva, mejorar la productividad ni sostener el empleo formal. La Argentina nunca estuvo cerca: rara vez superó el 20% y en los últimos años rondó el 16%, lo que deja una brecha de unos nueve puntos del PBI que la recuperación cíclica, sola, no cierra.