En el pasado Festival de Cannes no solo los Javis salieron como triunfadores con su premio a la Mejor dirección. A pocos metros, en la playa de la Semana de la Crítica, la sección paralela que se encarga de descubrimientos y debuts, Aina Clotet recibía un día antes el premio Rising Star Awards que confirmaba las sensaciones que su ópera prima, Viva, había dejado tras su proyección. La actriz y cineasta catalana había conmovido y hecho reír con un retrato de una mujer poliédrica, compleja y llena de aristas. Una de esas que, aunque suene a tópico, no es tan habitual ver en el cine.

Su filme comienza como una película sobre la enfermedad. Una mujer en su cuarentena, a la que ella también interpreta, se somete a una mamografía. Ahí viene la primera pista de que esta no es una película más. Por primera vez el cine muestra el pecho aplastado de su protagonista, que ya perdió una mama por un cáncer. Su cuerpo, operado, se muestra en su plenitud en un filme que subvierte las expectativas. No es una película sobre el cáncer. Al revés, es sobre la huella que dejó la enfermedad y cómo Nora, se embarca en un viaje de descubrimiento sexual con un joven para recolectar con la vida tras esa experiencia traumática.