Recuerdo que en los primeros años de mi escuela de dirección de empresas lanzada en China disponíamos de unos pocos coches. Con la creciente actividad de mi centro, fuimos expandiéndola en zonas con buen crecimiento en el área de Pekín, la capital de China, en Shanghái, zona muy desarrollada con empresas chinas e internacionales y luego la zona de Shenzhen, el área del sur de China, próxima a Hong Kong que tenía un gran dinamismo y un buen nivel tecnológico.
El Gobierno de China valoraba el crecimiento de la economía pero consideraba prioritario el desarrollo de todo el país. Yo tenía que pedir permiso para las ampliaciones de mi escuela. Fue muy interesante el caso donde me encontré con la petición del Gobierno de que pusiera en marcha un programa para directivos de empresas en un área en que debería estimular la inversión. Lanzar una escuela con éxito era un deseo de todo el equipo directivo y los empresarios chinos también se entusiasmaron con el proyecto: construir un campus precioso con un buen jardín, con edificios en los que habría aulas para cursar los programas, salas para poder impartir conferencias, a veces en salas muy grandes para acoger conferencias de profesores o empresarios europeos o americanos prestigiosos y con esto añadir valor a la formación básica. Así era posible conseguir ayuda económica de muchas compañías que valoraban ser agradecidas por su colaboración a sufragar los gastos e ir mejorando la calidad del proyecto. Todo esto ha funcionado muy bien y desde el primer momento los empresarios europeos implantados en China y los empresarios chinos interesados en formar a sus empleados apoyaron muy bien la iniciativa.












