20 de junio, 2026 - 06h30En 1982, la IX promoción del Instituto de Altos Estudios Nacionales fue invitada a la República Popular China, en lo que sería uno de los viajes de estudio más fascinantes de nuestras vidas académicas y que ampliaría enormemente nuestra comprensión de la realidad geopolítica de la época y de sus efectos en el mundo contemporáneo.La China de entonces era muy distinta a la potencia de hoy. Llegamos a China pocos años después del fin de la Revolución Cultural. En aquellos días eran juzgados Jiang Qing, la viuda de Mao Zedong, y los integrantes de la llamada Pandilla de los Cuatro, considerados responsables de muchos de los excesos y consecuencias de aquel turbulento periodo histórico.Regía los destinos de la nación el liderazgo de Deng Xiaoping, llamado el “arquitecto de la China moderna” y el creador del “socialismo con características chinas”.La historia de Deng la conocería años después con mayor profundidad, ya que tuve la oportunidad, décadas después, de conocer a su hijo Deng Pufang, presidente de la Federación China de Personas con Discapacidad.Deng Xiaoping fue uno de los líderes del Partido Comunista Chino que fue exiliado por la Revolución Cultural y enviado al campo para un proceso de “reeducación”.Cuenta su biografía que llegó a la granja donde estaba cosechando papas una caravana de carros oficiales. Uno de sus compañeros campesinos le dijo: “O vienen a llevarte al fusilamiento o a nombrarte líder del país”.Rehabilitado políticamente y de regreso en Pekín como el máximo líder de China, comenzó lo que sería el “milagro chino”, entendido por muchos como la salida de cientos de millones de personas de la pobreza.Esto se logró con una visión de estadista y un compromiso con la nación, no con el servilismo que le habían impuesto con cañones potencias occidentales. En Oriente suele recurrirse a parábolas para explicar grandes ideas, y Deng dijo: “No importa el color del gato mientras cace ratones”. Comenzó un cambio que convertiría a China en una potencia económica, pero también elevaría sustancialmente el bienestar de su población.Cuando llegamos a Shanghái por primera vez, había vestigios de las invasiones de las potencias coloniales. Se conservaba entonces un letrero que, según la memoria popular, decía: “No se permiten ni perros ni chinos”, que simbolizaba para muchos la humillación sufrida durante el periodo de dominación extranjera.Hoy que regreso a Shanghái, veo una ciudad pujante de 30 millones de habitantes, con edificaciones modernas enormes, sistemas de metro y un avance sin parangón en muchas partes del mundo. Veo una población con un alto estándar de vida, con tecnología de punta y con una vocación de organización social envidiable.China usó una combinación singular de planificación estatal y apertura económica difícil de imitar, pero que deberíamos estudiar en este momento de profundos cambios globales.Si algo hemos de aprender del modelo chino es que las grandes soluciones requieren objetivos compartidos, visión de largo plazo y capacidad de construir consensos. Los pueblos avanzan cuando logran anteponer el interés colectivo a la polarización. (O)