La primera vez que llegué a Jinan, pensé que sería una escala más en uno de tantos viajes de trabajo por China. Me equivoqué. Con el tiempo regresé una y otra vez, recorrí sus calles, compartí interminables cenas de trabajo en banquetes corporativos o en restaurantes populares con mesas bajas, comidas simples y cerveza helada, viajé por sus caminos rurales, autopistas, buses de larga distancia y trenes súper rápidos.

Conocí ciudades vecinas como Linyi, Liaocheng, Linshu y, más recientemente, Weifang. Y entendí algo que no aparece en las estadísticas ni en los informes económicos: para comprender a China hay que salir de los circuitos tradicionales y vivir el país desde adentro.

Jinan, capital de la provincia de Shandong, es una de esas ciudades que rara vez aparecen en las revistas de turismo occidentales, pero que explican gran parte del milagro económico chino. Tiene algo de la Córdoba argentina. Combina industria, tecnología, agricultura, universidades y una enorme capacidad para generar riqueza. Pero también posee una escala que desafía cualquier referencia latinoamericana.

Cada vez que aterrizo en China, vuelvo a sorprenderme con la infraestructura. Los trenes de alta velocidad parecen desafiar las leyes de la física. Salen puntualmente, recorren cientos de kilómetros a velocidades superiores a los 250 kilómetros por hora y conectan ciudades que, en otros países, requerirían vuelos internos. Las estaciones son gigantescas, limpias y organizadas.