Actualizado Jueves,
junio
00:07Los reservados de un elegante restaurante junto al Bund de Shanghai, una de las zonas m�s caras de la ciudad, estaban llenos hasta hace poco de altos cargos locales del Partido Comunista y funcionarios procedentes de provincias vecinas, quienes compart�an mesa frecuentemente con ejecutivos de empresas estatales y empresarios. Sobre los manteles desfilaban vinos franceses, whisky escoc�s, cigarrillos y una sucesi�n de platos donde la cocina china de alto nivel se mezclaba con gui�os occidentales: bogavante gratinado, wagyu japon�s y postres rematados con hojas de oro.Ahora, en pleno servicio de cena, los funcionarios ya no asoman por esos reservados. "Este a�o han desaparecido", lamenta el gerente del local."Eran clientes habituales. Organizaban banquetes enormes, tra�an invitados, cerraban salas privadas. Desde que se public� el a�o pasado la nueva pol�tica de austeridad, nadie quiere arriesgarse. Tienen miedo a una denuncia an�nima que acabe con sus carreras si se descubre que se han gastado dinero, aunque sea de su propio bolsillo, en un restaurante de lujo".El Gobierno de Xi Jinping ha vuelto a desempolvar una de sus herramientas favoritas: la austeridad. Dentro de la campa�a permanente para disciplinar a los cuadros del Partido Comunista (PCCh) y proyectar una imagen de cercan�a al ciudadano com�n, Pek�n ha redoblado en los �ltimos meses la presi�n sobre los funcionarios, a quienes exige que se acostumbren a una vida m�s frugal y alejada de los excesos que durante a�os acompa�aron al ejercicio del poder.Se han ido publicando hasta una veintena de nuevas disposiciones que regulan desde las comidas oficiales hasta el uso de veh�culos p�blicos o las recepciones institucionales. Quedan prohibidos los platos caros en almuerzos de trabajo, los cigarrillos y el alcohol; desaparecen las decoraciones extravagantes y se veta la celebraci�n de comidas en clubes privados y restaurantes de lujo.En Pek�n, el chef espa�ol Lucas Garigliano, al frente de la cocina del exclusivo restaurante europeo TRB Hutong, distinguido con una estrella Michelin, explicaba recientemente a este peri�dico c�mo las nuevas directrices de austeridad han transformado el perfil de su clientela. Una parte importante de sus comensales habituales eran altos funcionarios y directivos de empresas estatales, pero muchos han dejado de acudir desde que las autoridades reforzaron el c�digo de conducta que insta a evitar los "banquetes suntuosos" y cualquier muestra de ostentaci�n.Para entender el alcance de esta ofensiva conviene recordar c�mo funcionaba el ecosistema burocr�tico chino durante d�cadas. El banquete era un lenguaje de poder. El funcionario que ascend�a exhib�a estatus invitando a mesas rebosantes de marisco caro; el empresario cultivaba relaciones a golpe de brindis con baijiu (licor tradicional); los regalos caros lubricaban ascensos, favores administrativos y contratos p�blicos. Los relojes de lujo y los paquetes de cigarrillos premium eran parte del decorado habitual de una �lite convencida de que la opulencia reforzaba la autoridad.Aquella cultura del exceso empez� a resquebrajarse cuando Xi lleg� al poder en 2012 con sus famosos "ocho puntos" de conducta. Muchos pensaron entonces que se trataba de una campa�a pasajera, otro ejercicio propagand�stico destinado a impresionar a una opini�n p�blica cansada de los privilegios de la nomenclatura. Pero no fue as�.La cruzada anticorrupci�n ha acabado convirti�ndose en uno de los pilares del liderazgo de Xi. El a�o pasado, 889.000 miembros del PCCh fueron sancionados disciplinariamente por incumplir las normas de conducta. "El comportamiento ejemplar afecta a la supervivencia o desaparici�n del Partido. Es crucial para ganar el apoyo del pueblo", advirti� Xi durante una inspecci�n en el sur del pa�s.Inspectores para velar por la buena conductaDetr�s de estas campa�as de austeridad se encuentra la Comisi�n Central de Inspecci�n Disciplinaria (CCDI), el poderoso �rgano anticorrupci�n encargado de vigilar a los cerca de ocho millones de funcionarios chinos y a los m�s de 30 millones de empleados de instituciones p�blicas. La CCDI ha desplegado equipos de inspectores por todo el pa�s.Pero incluso en un sistema acostumbrado a la obediencia vertical, la aplicaci�n mec�nica de las �rdenes puede generar efectos no deseados. Algunos gobiernos locales interpretaron las nuevas directrices como una prohibici�n absoluta de comer fuera. Funcionarios que dejaron de acudir incluso a modestos restaurantes; cancelaci�n masiva de encuentros; desplome de reservas en determinados establecimientos. La reacci�n oblig� al propio Gobierno central a matizar.En un inusual toque de atenci�n, el Diario del Pueblo, �rgano oficial del PCCh, advirti� que algunos funcionarios hab�an llevado la austeridad demasiado lejos. El peri�dico denunci� que ciertas administraciones estaban "a�adiendo restricciones por capas", una pr�ctica habitual en China mediante la cual los responsables locales endurecen todav�a m�s las instrucciones recibidas desde arriba para demostrar celo pol�tico."Equiparar la prohibici�n de comer y beber ilegalmente con la prohibici�n de todo tipo de comida y bebida constituye tambi�n una forma de gobernanza negligente", se�alaba el medio. "Este comportamiento provoca que las empresas pierdan clientes y disminuye la vitalidad de la vida cotidiana".El propio art�culo reconoc�a algo poco habitual en la narrativa oficial: cuando los restaurantes pierden clientes, el golpe no lo sufren s�lo los empresarios. Tambi�n afecta a camareros, repartidores, agricultores y trabajadores del sector servicios. "El coste de estas medidas excesivas recae, en �ltima instancia, sobre los hombros de los trabajadores", admit�a.Este episodio ilustra una de las grandes contradicciones de la China actual. Xi Jinping necesita mantener viva la narrativa moralizadora que presenta al Partido como una organizaci�n austera y disciplinada, cercana al pueblo y enemiga del despilfarro. Pero, al mismo tiempo, la segunda econom�a mundial atraviesa una etapa delicada: consumo d�bil, crisis inmobiliaria persistente y gobiernos locales endeudados.Por ello, perseguir el lujo excesivo sin estrangular a�n m�s la actividad econ�mica se ha convertido en un ejercicio de equilibrio pol�tico.








