En Liangjiahe, una aldea rural rodeada de montes de color arcilla, un pozo ayuda a comprender quién es y qué quiere Xi Jinping, el presidente que lleva casi 14 años al frente de China, la segunda potencia económica del planeta; el dirigente que ha plantado cara a los cañonazos arancelarios de Donald Trump; al que acuden a ver jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo; líder absoluto al que ya nadie osa toser en el Partido Comunista chino, una organización leninista que supera los 100 millones de miembros, y controla todas las esferas de una superpotencia exportadora de más de 1.400 millones de habitantes. Xi, que hoy tiene 73 años, ayudó a excavar este agujero hace más de medio siglo. Bautizado como el “pozo de los jóvenes intelectuales”, un panel recuerda cómo “Jinping” ―su nombre de pila― lideró a la aldea en 1973 para solucionar el problema endémico del suministro de agua. El muchacho había sido enviado a este pueblo remoto de la provincia de Shaanxi, donde los locales aún vivían en cuevas, como parte de las campañas de reeducación durante la terrible Revolución Cultural de Mao Zedong. Llegó en 1969, con 15 años. Le costó integrarse, pero fue aquí, según el relato oficial, donde encontró, tras pasar todo tipo de penurias, la vocación de servicio al pueblo y al partido. Un mural representa a un joven Xi con la leyenda: “Trabajo duro; autosuficiencia”. Esa es la metáfora del pozo, el mensaje que subraya la propaganda en Liangjiahe: Xi cavaba “con las piernas completamente sumergidas en el agua fangosa”, recuerda un panel. El lugar es hoy un popular destino de turismo rojo, aunque más que turistas al uso, abundan las visitas vinculadas a la formación moral de miembros del Partido Comunista de China. “Aquí aprendió el espíritu de superación de las condiciones más duras”, explica la guía a uno de estos grupos, pastoreado por una “escuela de liderazgo” especializada en el “pensamiento de Xi”. Es otro de los sellos de su era. Bajo su mandato se ha reforzado la enseñanza de todo lo que tiene que ver con su figura y su cosmovisión, desde la escuela a los altos cuadros. Educación continua frente al “nihilismo histórico” que, en opinión de Xi, se llevó por delante a la Unión Soviética. “El cuchillo se afila con una piedra; las personas se fortalecen ante la adversidad”, diría sobre los siete años en el pueblo en 2002, cuando era ya un prometedor gobernador de la provincia de Fujian. Dos décadas después, en 2022, a punto de ser reelegido secretario general del Partido Comunista para un tercer mandato histórico, reclamaría perseverar en el “espíritu de lucha” desarrollado “frente a los bruscos cambios de la situación internacional” y “los chantajes, impedimentos, bloqueos y presiones máximas del exterior”. El historiador estadounidense Joseph Torigian cree que el dirigente chino fue la respuesta a esa idea de que el contacto con Occidente conduciría a China a una apertura al estilo de las democracias liberales. “Xi cree, en cambio, en la necesidad de endurecer el régimen frente a la presión política y económica; de cambiar el rumbo y mostrar que hay sistemas alternativos al occidental”, dice al teléfono.Torigian, investigador sénior en el Council on Foreign Relations, es un experto en la figura del padre del presidente chino, Xi Zhongshun, un líder revolucionario que combatió junto a Mao, y sobre el que ha publicado The Party’s Interest Come First (Los intereses del partido vienen primero, 2025). Xi hijo es lo que se suele denominar un “príncipe rojo”, vástago de la generación de comunistas que fundaron la República Popular y alcanzaron altos puestos una vez instalados en Pekín. Fueron en cualquier caso años turbulentos. Xi padre ascendió a viceprimer ministro solo para ser purgado después. Pasaría años en aislamiento mientras su hijo se enfrentaba a la ira de los guardias rojos por su historial familiar y era enviado al medio rural. Pero siguió creyendo en el sistema: desde el pueblo, Xi hijo mandaría una decena de cartas al Partido hasta lograr que lo admitieran. De Liangjiahe volvió a Pekín a estudiar ingeniería química en la prestigiosa universidad de Tsinghua. Con la muerte de Mao en 1976, llegaron los años de reforma y apertura bajo la batuta de Deng Xiaoping. Su padre fue restituido. Arrancaban los años de crecimiento frenético, y numerosos príncipes se dedicaron a recuperar el tiempo perdido divirtiéndose y empapándose de influencia occidental. Xi, en cambio, “optó por sobrevivir volviéndose más rojo que el propio rojo”, contaría un amigo suyo a la Embajada de Estados Unidos, según un cable diplomático de Wikileaks. Su primer puesto relevante fue como secretario del ministro de Defensa, luego optaría por una carrera lejos de Pekín. En 1985, siendo un cuadro local de la provincia de Hebei, viajó a Iowa (Estados Unidos) como parte de una delegación para aprender técnicas agrícolas y estrechar lazos. Un par de noches, incluso experimentó lo que era dormir en la habitación de un joven estadounidense con decoración de Star Trek. “Un líder agradable, encantador e inteligente; muy curioso sobre muchos aspectos de la agricultura, el procesamiento de alimentos y la vida en Estados Unidos”, lo recuerda Luca Berrone, empresario italoestadounidense, encargado de organizar aquel viaje. Pasaron dos semanas juntos, y no volvería a atar cabos hasta 2011, cuando Xi ya era vicepresidente y el sucesor aparente. Desde entonces, Berrone ha sido invitado a una decena de encuentros con el presidente chino, que suele citar su viaje a Iowa como ejemplo de la importancia de los vínculos entre personas para evitar el choque. “Creo que no busca una posición de confrontación, sino una verdadera cooperación mutuamente beneficiosa”, dice Berrone. “Respeta mucho a Estados Unidos”. Es cierto que la única hija de Xi, de la que apenas hay rastro público, se graduó en Harvard en 2014. Pero cuatro décadas después de la visita a Iowa, China ya no es el alumno, sino la potencia disruptiva que compite de tú a tú en el dominio económico, militar y tecnológico. Y eso ha cambiado las cosas. Durante la durísima colisión comercial de 2025, Pekín mostró las armas con las que se ha preparado para proteger sus intereses mediante restricciones de recursos críticos. Cuando Trump aterrizó en mayo en China para una cumbre con Xi, la coreografía fue orquestada para transmitir que ambas naciones debaten en el mismo plano. La entente cordial se selló con una fórmula planteada por el líder chino que suaviza la premisa de coexistencia entre las potencias de la Guerra Fría, la “estabilidad estratégica constructiva”.“Es un líder muy fuerte que no conviene minusvalorar”, asegura Rafael Dezcallar, exembajador español en Pekín y autor de El ascenso de China. “Quiere colocar a China en el lugar que le corresponde, como una gran potencia, capaz de competir con Estados Unidos, nunca más sometida a su influencia o dominio, autosuficiente en tecnología y en cuestiones fundamentales”. En el plano interno: “Ha sabido colocar al partido bajo su control”. Xi fue elegido como un hombre de consenso por quienes, en el Partido, pensaban que se necesitaba mano firme para encauzar años de excesos. Nada más llegar, desató una campaña anticorrupción que sigue en marcha. Desde 2012, más de siete millones de cargos públicos han sido hallados culpables y sancionados por los órganos de inspección disciplinaria y supervisión. El golpe va de la base a lo más alto, alcanzando a ministros y a la cúpula militar. A esto se le suma una marcada pulsión antihedonista, con medidas como la prohibición del alcohol, los platos de lujo y los cigarrillos en comidas oficiales. “El comunismo calvinista”, lo denomina una fuente diplomática europea radicada en Pekín. Para Xi, agrega, la occidentalización es el paganismo. Xi ha reinstaurado la ideología y recolocado el Partido en el centro. Su pensamiento, inscrito de forma oficial en la Constitución junto al de Mao y el de Deng, se cita en cada discurso político. Y es un autor superventas: los tres libros más vendidos en China en 2025 fueron volúmenes que recopilan las ideas de Xi, según la prensa china. Wang Yiwei, vicepresidente de la Academia del Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era (el alambicado nombre oficial de su ideología), resume la visión del presidente chino: “Xivilización”. Lo considera una nueva fase del “leninismo tradicional” que se enfrentó al sistema capitalista. “Ahora hemos cambiado: ya sea socialismo, capitalismo o cualquier otro ismo, todos tienen un futuro compartido”. Y no solo bebe de Karl Marx. “Tenemos sinergias con la cultura y la civilización clásica de China”. Torigian también cree que la visión histórica de Xi le lleva a fundir la actual China comunista con el pasado: es consciente del colapso continuo de las dinastías imperiales, presenció de joven la caída del comunismo en el mundo, y esto le lleva a plantearse: “¿Cómo inmortalizar su visión? ¿Cómo asegurar que lo que cree que el país necesita sobreviva no solo mientras él viva, sino también en el futuro? ¿Cómo evitar que las instituciones se degraden y, en última instancia, colapsen?”. Sin que haya de momento un sucesor aparente, la mayoría de analistas creen que seguirá gobernando más allá de 2030. Durante su mandato, la mano dura ha sido la respuesta frente al disenso. Ha lanzado campañas contra todo lo que huela a divergencia en la sociedad civil y apaciguado con severidad Xinjiang, Tíbet y Hong Kong. Es difícil saber su grado de aprobación en un país autoritario, donde no se publican encuestas sobre el líder y la vigilancia tecnológica alcanza cotas inimaginables. Solo pronunciar su nombre en público provoca respeto y no es raro que la gente, cuando se refiere al presidente, baje la voz o hable con eufemismos. Si uno pregunta, lo normal es que la respuesta sea positiva. “Solo tenemos un presidente, no como en el extranjero”, decía un taxista de Yan’an, la ciudad más cercana a la aldea de Liangjiahe, y otra base de turismo rojo. Yan’an fue el lugar donde Mao concluyó la Larga Marcha en 1935, y en sus calles conviven los monumentos comunistas con una bulliciosa vida de provincias. “Xi no está mal, pero aún le queda mucho para llegar al nivel de Mao”, sopesaba Bai Guanglin, agricultor de 76 años, en el museo revolucionario de la ciudad. Su nieta, Bai Yuxin, de 28, profesora de secundaria, agrega sobre Xi: “Ha contribuido mucho en el aspecto económico y en las relaciones con el extranjero”. Yan’an fue también el destino que eligió Xi para su primer viaje tras ser reelegido en 2022. Junto a los otros seis miembros del comité permanente del Politburó, el máximo órgano de poder del Partido, visitó las cuevas donde dormía Mao, recorrió este museo y en sus discursos reclamó “trabajo duro”, “espíritu de lucha” y recordó aquellos siete años en la aldea.