A Israel Merino (Toledo, 2000), en el pueblo donde se crio le llaman el matón. No porque se haya llevado a nadie por delante o lo haya amagado: es una herencia familiar. De un bisabuelo materno, que una vez se ventiló de un puñetazo a un toro que se había escapado. O eso cuenta la leyenda. “¿Y por qué tengo que cargar yo con el mote de matón, si no tengo media hostia?”, protesta el escritor al teléfono. Es lo que tienen los sitios pequeños, que a veces las identidades se comprimen en un apodo y que, para colmo, el mérito ni siquiera es propio sino que viene de serie, como una mancha mongólica. También, que los traumas, como los sobrenombres, se van enquistando y se extienden entre las generaciones. “A mí se me juzga por lo que mis antepasados han hecho”, remacha Merino. “Y yo, pues no quiero ser un matón”. En su segunda novela, Epifanía (Temas de hoy), hay algo de ajuste de cuentas con todo aquello: los motes, los traumas, la idea de pertenencia. Los rencores que nunca, jamás, se disipan, ni aun frotándolos con lejía o cal viva. Sucede en uno de esos pueblos que desbordan el nombre, lugares intermedios, suspendidos en un limbo demográfico donde al final no se puede rascar demasiado, ni lo pintoresco de las aldeas ni lo estimulante de las ciudades. En este que fabula Merino desde el recuerdo conviven (es un decir) dos clases de habitantes: los autóctonos, que dictan y tensan los códigos locales, y los forasteros, categoría que uno es susceptible de integrar aun habiendo nacido y vivido siempre ahí. Por medio de cinco historias conectadas por la tragedia de un accidente de coche, el escritor va ensamblando un thriller grotesco y sangriento, testosterónico y lisérgico. Suspense castizo que se despliega sobre el reverso mugriento de una Castilla donde no se avistan fortalezas sino esqueletos de edificios a medio levantar, unas afueras de las afueras a base de amalgamas de calles desharrapadas cuyos cascos viejos —que no antiguos— tienen como templo más concurrido un bar con hules y olor a rancio. En cierto modo, el libro exuda el mismo aire grasiento de copa, puro y escopeta de la serie de 2019 Matadero, un “Fargo ibérico” desatado entre los criaderos de cerdos de un pueblo ficticio de Zamora donde la droga, como en Epifanía, visita más casas que el médico. “El castellano es una persona a la que la sociedad le gusta poco. Es una persona rara”, se ríe MerinoHecha de dos comunidades autónomas cosidas a base de injertos y amputaciones históricas, la idea misma de Castilla podría verse hoy como una especie de monstruo de varias cabezas. Un Frankenstein geopolítico. Hubo un tiempo en que se asimiló a la noción de España, pero aquel pasado ya marchó y hoy resulta un tanto más complejo definir de qué hablamos cuando hablamos de este territorio. Merino ubica una cualidad que cree que lo determina por encima de otras: “Que no hay ni un puto árbol. No hay agua, es una zona dura y muy grande. Y eso marca mucho el carácter”. La proverbial austeridad castellana, empadronada en la vastedad de la meseta. “El castellano es una persona a la que la sociedad le gusta poco. Es una persona rara”, se ríe Merino, que reconoce en el granadino Juarma a un precursor del realismo sucio rural de su libro. “Pero creo que faltaba contar lo castellano”. Como Merino, otros escritores actuales se han aventurado a explorar el presente de esta periferia de interior, pletórica de belleza y todo lo contrario, fascinante y extraña, que ya cartografiaron en su momento los escritores de la Generación del 98 y, después, autores desde Miguel Delibes a Camilo José Cela y Gustavo Martín Garzo. No todos se topan con el mismo paisaje o paisanaje, pero sí coinciden en sacudirse la tentación de lo bucólico que ha caracterizado a cierta literatura del neorrural. Por el contrario, estas historias recientes están atravesadas por lo oscuro, lo siniestro, lo desasosegante. En ocasiones, por una superstición ancestral que traspasa la línea de lo esotérico. No esconden sino exhiben las cicatrices, las orean. En Perros de caza (Malas tierras), de Borja Navarro (Valencia, 1994), un pantano putrefacto se erige, junto a los podencos que dan título al libro, en símbolo y atmósfera del hoyo al que nos arrastra: una Almansa en la frontera de un espacio de por sí liminar, una suerte de puente entre el desierto y el mar que, en esta narración, como adelanta su autor, se presentará como una salida, una “segunda oportunidad” para sus personajes. La novela recrea una historia real y espeluznante, el famoso exorcismo de Almansa que copó titulares y noticieros de los años noventa. Pero esta es más que nada una coartada, un resorte, explica Navarro, “para hacer una disección de un pueblo concreto desde una perspectiva un tanto tenebrosa, con cierta desazón”. Navarro vive en Alicante, pero su familia política procede de Almansa y él lleva 12 años empapándose de sus calles. “Del exorcismo no me enteré hasta después, hará unos cinco”, recuerda. “Pero me gustó la idea de que, desde entonces, el pueblo se queda maldito, su gente queda marcada”. A partir de ahí imaginó a su protagonista, una joven que regresa a ese lugar decadente tras una decepción amorosa y profesional. La pestilencia de las aguas del embalse se funde con su halo de desesperación. Está enferma de tristeza y pasa los días entre una normalidad hedionda y la aséptica habitación de un hotel en el metaverso. Su terapeuta —que acabará reemplazando por una médium, remedio más de la tierra— la invitará a ordenar sus pensamientos sobre el papel. Este mecanismo —donde el escritor sitúa el verdadero origen de la novela, más que en el exorcismo— le da pie a realizar una sensacional serie de descripciones de los lugareños en sus tres edades, niños, adultos y ancianos, equiparables a las proyecciones de pasado, presente y futuro y a los tres tonos que componen el libro, fabulístico, confesional y torrencial, todas flechas que acabarán convergiendo. “Ese esoterismo mezclado con la baraja de Caja Popular mientras se fuma un cigarro bajo el extractor de la cocina es una espiritualidad que yo veo en Almansa”, apunta el escritor. “Es un entorno extraño, y para mí es especial”. A la novela de Navarro —que trabaja ahora en su traslación cinematográfica—, se la ha calificado de “crónica western”. Una etiqueta que el escritor ve más como eso, un eslogan, que como una reseña fidedigna de su trabajo, que él asocia más, y con razón, a una vocación poética. “Yo me siento más vinculado a la creación desde la contemplación, a habitar los territorios de los que vas a escribir y estar sensibilizado con ellos, buscando el suceso, el símbolo o la imagen que te emocione y luego explorarlo”, detalla. Pero algo lleva Perros de caza de la crudeza y violencia de ese género. En La fiesta del fin del mundo (Anagrama), ensayo que propone un recorrido por las crisis españolas recientes a través de las manifestaciones culturales apocalípticas, la académica Natalia Castro Picón emparenta el imaginario castellano con el Lejano Oeste estadounidense. Con sus pioneros, sus héroes y la lucha de contrarios entre el bien y el mal, encarnada en los protagonistas de la novela de Jesús Carrasco Intemperie. Aquel libro de 2013, escribe la autora, “nos transporta a la España rural (…) que evoca los antiguos valores de un mundo campesino, pero presentándolos desgarrados por una gran crisis climática. Es decir, nos ofrece la imagen rota de una forma de vida que, pese a sus miserias, permitía sostener comunidades sobre la base de los vínculos de reciprocidad y arraigo con el territorio”. Si bien en otros términos, las historias de Navarro y Merino remiten también a esa fractura social e histórica. Para el historietista Luis Bustos (Madrid, 1973), más que como un Far West a la española, la llanura castellana podría explicarse como un “territorio psicológico”. Meseta (Astiberri), su nueva novela gráfica, se embarca en un road trip desquiciado de Barcelona a Madrid con parada en mitad de la nada. El país anda sumido en un estado de excepción y tres desconocidos comparten un coche para trasladarse en medio de la noche. De nuevo, una tríada como eje, que responde, cuenta el autor, “a los elementos para la transmutación alquímica”. Fuego, agua y tierra, que se combinan y estallan en una iglesia románica en ruinas reciclada en prostíbulo de carretera. Allí, sin desvelar más de lo justo, habrá rituales y demonios, también de los de carne y hueso. “Además de la parte esotérica, el libro tiene un discurso político y social”, concede Bustos. “Un: ‘Cuidado, que los ricos nos devoran’. A veces literalmente”. “Ahora hay una mirada al agrorrural más respetuosa, que no es la del cateto con boina”, sostiene David RoasComo ocurre en Epifanía y Perros de caza, el lenguaje de Meseta —cortante, sintético, a ratos soez— juega al servicio de la recreación de un paisaje que no hace solo las veces de contexto sino que se reivindica como protagonista. En su condición de cómic, aquí se alía con el estilo del dibujo, de trazo expresionista y en un blanco y negro que suma un tono más de penumbra a la nocturnidad de la narración. “Los protagonistas no podían estar todo el tiempo hablando, tenía que ser una cosa casi silenciosa”, explica el autor. “Y esos silencios son bastante reveladores porque hay una tensión que se palpa”. Igual que en Meseta, los relatos que David Roas (Barcelona, 1965) ha reunido en Territorios (Páginas de espuma) toman como base el costumbrismo subversivo para abrirse camino hacia lo fantástico y lo escalofriante. Lo hacen desde los parámetros del Agrohorror, un subgénero de nuevo cuño que surge, según explica el propio autor, de una tendencia que “se respira en el ambiente; un interés por lo cotidiano rural”. Su origen puede rastrearse en el libro de 2025 Agrohorror. Cuentos de lo insólito rural (Eolas), cuya edición corrió a cargo de Roas y Ana Martínez Castillo, creadora del término. En el Agrohorror hay deformación, que no caricatura. Frente a la idealización, aporta extrañeza. Se le parece, pero no es folk horror. No se manifiestan fuerzas arcanas ni dioses paganos, aunque sí, como reconoce el escritor, se da una cierta persistencia del atavismo católico. También puede contener trazas de plant horror. Encajarían en sus límites novelas como Carcoma (2021), de Layla Martínez, y películas como Bodegón con fantasmas (2024), de Enrique Buleo. “Como el esperpento, el Agrohorror bebe directamente de los caprichos y pinturas negras de Goya, del retrato de hombres matándose a garrotazos, de viejas comiendo sopas, de brujas en aquelarre”, escriben Roas y Martínez Castillo en el prólogo de aquel volumen, en el que, junto a sus propios relatos, participan autores desde Fernando Navarro a Pilar Adón. “Desde Intemperie, y después con La España vacía de Sergio del Molino, hay una vuelta al agrorrural desde otra perspectiva que no es la del cateto con boina, sino una mirada más respetuosa”, abunda Roas, que es también crítico y profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona y acaba de editar, junto a Raúl Molina Gil, el volumen académico Agrohorror. Nuevas formas de lo insólito rural (Eolas). “A partir de ahí, los que hacemos fantástico, insólito o raruno, hemos encontrado en el mundo rural algo que no se había visitado”. No todos los relatos reunidos en Agrohorror ni los que Roas firma por su cuenta en Territorios se enmarcan en parajes castellanos. El Agrohorror, subrayan sus creadores, “no es solo de secano”. Pero hay unos cuantos que saben sacarle el jugo a los infinitos campos de cereales y esa solana que solo pueden combatir las moscas. “Frente al bosque o el mar, en el paisaje castellano el elemento para provocar el terror está en las extensiones”, sostiene Roas. “En esa superficie plana, sin una montaña, que se va totalmente”. En septiembre de este año saldrá un segundo volumen de Agrohorror con relatos de autores como Manuel Moyano o Raquel Presumido, que formará parte de una colección dedicada a este género en la editorial Eolas. No solo los libros se han fijado en el potencial expresivo de la cara oculta de Castilla para, en el fondo, hablar de muchos de los temas que gobiernan la agenda: crisis climáticas y económicas, feminismo, el problema de la vivienda, corrupción política, falta de oportunidades laborales. El dúo de artistas Castillian Horror Book, formado por Cristina Guerrero y Pablo González, estudia el folklore mesetario en clave de terror tanto en fanzines colaborativos como en exposiciones como The Tortolilla Project, la falsa documentación de una aparición espectral en un pueblo perdido. “Se ha romantizado la idea de lo rural como un lugar para descansar, para desconectar de lo digital…”, comentan los burgaleses. “Pero ahora los ritmos de trabajo pueden ser iguales en el pueblo y en la ciudad, y recurrir a estos temas puede servir también para denunciar ese ritmo acelerado”. LecturasEpifanía. Israel Merino. Temas de hoy, 2026. 240 páginas. 19,90 euros.Perros de caza. Borja Navarro. Malas tierras, 2026. 152 páginas. 18,50 euros.La fiesta del fin del mundo. Natalia Castro Picón. Anagrama, 2025. 456 páginas. 23,90 euros.Meseta. Luis Bustos. Astiberri, 2026. 136 páginas. 18 euros.Agrohorror. Cuentos de lo insólito rural. David Roas y Ana Martínez Castillo (editores). Eolas, 2025. 180 páginas. 17 euros.Territorios. David Roas. Páginas de espuma, 2026. 104 páginas. 16 euros.
El sueño de Castilla produce monstruos
Periferia de interior y espacio liminar, la meseta se ha convertido en el escenario de varias novelas recientes que encuentran en su reverso sucio y siniestro un reflejo de la sociedad actual








