Israel Merino traza en ‘Epifanía’ una fábula polvorienta plagada de fealdad grotesca, estallidos de sangre y masculinidad depredadora

Con Epifanía, Israel Merino (Toledo, 2000) nos lleva a una localidad castellana de atmósfera densa, sucia, fatalista. Es un pueblo, sí, pero uno grande, que ha crecido en barrios y urbanizaciones, y cuyas autoridades se inventaron incluso un polígono que iba a convertirlo en ciudad, ¡nada menos!, hasta que el tiempo demostró que los pelotazos urbanísticos no sirven para construir nada real. La sociedad del lugar funciona como un sistema de castas que tiene c...

omo valor definitivo, como pasaporte diplomático a la respetabilidad, un solo requisito: ser de ahí desde siempre. Bueno, y no cagarla, por supuesto: una caída en el estatus económico te condena al margen, ahí donde habitan por decreto no escrito los moros, los latinos, las prostitutas.

Las drogas circulan y la violencia estalla con frecuencia golosa en el pueblo mientras sus habitantes y sus autoridades se conjuran para fingir que nada cambia, que nada puede cambiar, y lo cierto es que casi todo el tiempo parecen arreglárselas muy bien para lograr que así sea. Hay mujeres descarnadas, y alguna de ellas recuerda al tópico de la mujer-mayor-terrorífica que el cine reciente ha puesto en circulación, pero los hombres son los verdaderamente terribles, con sus códigos de sociabilidad descarnados y su sexualidad depredadora como salvoconducto frente a la manada. En la sociedad que retrata Epifanía, y que reconocemos, la masculinidad es un barracón de marines beodos que asfixian al diferente cegándole cualquier salida.