El personaje de Santiago Segura es impresentable, cutre, egoísta, vulgar, zafio…, brutal y soez porque está a la altura de la realidad en la que vive

En 1921, Álvaro de Albornoz escribe en El temperamento español: “A menudo, en el vasto cementerio nacional, que llenaron las epidemias y las pestes, ya desterradas de todo el globo por los progresos de la cultura, no hubo sobre tanto duelo, al borde de las fosas abiertas, sobre los montones de cadáveres, más piadoso responso que la mueca burlona de un pícaro”. Don Álvaro cae aquí en esa tendencia a la exageración que suele ser un notable obstáculo para nuestras buenas causas. Exageramos nuestros vicios y nuestras virtudes y con frecuencia lo hacemos a la vez. Con cuánta facilidad pasamos del “este país es una mierda” al “como en España, en ningún sitio”.

ticias/miguel-de-unamuno/" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/noticias/miguel-de-unamuno/" data-link-track-dtm="">Unamuno —­exagerando— sostenía que el español medio no existe, porque “en España tenemos solo extremos”.

Pero lo cierto es que hay cosas que solo en España se pueden llevar a escena. Chueca, por ejemplo, puso música en El bateo a esta barbaridad: “Haremos de carne humana / la estatua de Robespier, / para que sirva de ejemplo / el mártir aquél”. ¿Y la desfachatez del trío de los ratas, en La Gran Vía? “Es lo más fuerte que he visto y oído”, escribió Nietzsche.