“A mí no me importa lo que la gente diga”, dice Cheick cuando se le pregunta por los discursos xenófobos que alienta la ultraderecha, que negocia en estos días con el PP su posible entrada en el gobierno andaluz con la prioridad nacional como telón de fondo. “Yo estoy tranquilo, voy a buscar trabajo y ya”. Esta tarde tendrá una entrevista con una cadena de comida rápida aunque espera encontrar algo como albañil, el oficio en que se ha formado. La oportunidad llegará pronto, cuando el mercado laboral busca mano de obra por doquier, y mientras, en Sanlúcar la Mayor (Sevilla), el joven de 23 años aprende el idioma, habla con su familia cada tres o cuatro días y se implica cada vez más en la vida del pueblo en el que hace un año se implantó el dispositivo de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), donde la convivencia y la unión vecinal ha sido la impronta que ha marcado su devenir.

La ONG recaló primero en Alcalá de Guadaíra en 2024 con un grupo de 85 jóvenes subsaharianos originando una oleada de bulos y desinformación que provocó la oposición de una parte del pueblo. A medida que pasaron los días, se comenzó a normalizar la presencia de los muchachos en el hotel que había sido alquilado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones para acogerles. La atmósfera enrarecida por los discursos de odio se fue disipando, pero seguían surgiendo impedimentos a su inclusión, como en su inscripción en el padrón municipal. El incumplimiento de la ley por parte de la administración local comprometía la cobertura sanitaria o educativa de los recién llegados, como se ha denunciado desde distintos colectivos sociales, aún estando bajo el amparo de la organización.