Más de medio millón de migrantes entraron en la legalidad laboral en 2005 y años anteriores en España. Pasaron del temor a la seguridad. La nueva regularización les recuerda aquellos días felices

“La cocina es un buen lugar para esconderte cuando no tienes papeles”, dice Hanan el Bergui, que era una muchachita de apenas 18 abriles cuando se colocó de pinche en Barcelona, hace ya 23 años de eso, oculta de los comensales que disfrutaban y reían frente a sus platos. En 2005, cerca de 600.000 personas vivían en la clandestinidad, como Hanan, de la casa al trabajo, silenciosos en el metro, nerviosos en la panadería, huidizos como ratones cuando andaban por la calle, el bar ni pisarlo, los cumpleaños, en casa. Entonces llegó la regularización de Zapatero, así la llaman, porque fue aquel presidente el que sacó a la luz las vidas atemorizadas de aquellos trabajadores que esperaban sin atreverse a protestar su documento de residencia y un contrato en regla. Algunos de ellos recuerdan hoy, cuando el Gobierno acaba de anunciar la nueva legalidad para medio millón de personas, cómo fue su paso del miedo a la libertad.

Las migraciones, por más que ahora se manifiesten con insoportable crueldad, son un fenómeno muy antiguo, siempre en los márgenes de la ley y desordenado, razón por la cual varios gobiernos españoles se han visto en la necesidad de poner el contador a cero para dar carta de naturaleza a una realidad subterránea que empezaba a desbordarse. Felipe González inició en 1986 la primera regularización, el popular José María Aznar anunció otras tres y José Luis Rodríguez Zapatero la de 2005, en la que exigía un contrato laboral. Ese detalle tampoco ofrecía muchas garantías de derecho, que se lo pregunten a Hanan, que hoy se ríe cuando recuerda los 4.000 euros que tuvo que pagar a una amiga de su madre que tenía una empresa de construcción por el dichoso contrato, su visado hacia la ciudadanía.