Como dice el refrán: ningún plan de batalla sobrevive al primer contacto con el enemigo.
Donald Trump entró en la guerra con Irán con objetivos maximalistas: eliminar el programa nuclear del país, destruir su programa de misiles balísticos y poner fin a su apoyo a grupos militares regionales como Hizbulá y Hamás.
Salió de ella con la promesa de Irán de no construir una bomba y de celebrar nuevas conversaciones nucleares, sin ninguna mención escrita al programa de misiles balísticos y con Hizbulá celebrando una “victoria” tras la firma de un memorando de entendimiento que establece un alto el fuego en el Líbano, donde Israel ha ocupado una franja del país como “zona de amortiguación”.
El principal activo de Irán terminó siendo el estrecho de Ormuz, la vía marítima que casi todas las simulaciones previas de la guerra predecían que Irán cortaría rápidamente. Para reabrir el estrecho, la Administración Trump se vio obligada a ceder en sus objetivos más amplios o enfrentarse a lo que el presidente denominó una “depresión mundial”.
Trump no quiere volver a la guerra, pero ha dilapidado gran parte de la influencia que podría haber tenido si la guerra hubiera terminado la primera o segunda semana















