Como suele suceder con Donald Trump, los objetivos eran desmesurados y a la vez irrealizables. Al iniciar el 28 de febrero, junto a Israel, la guerra contra Irán, el presidente estadounidense pretendía acabar con el programa nuclear de la República Islámica. Envalentonado por la intervención en Venezuela a principios de año, pensaba tomar el control de la industria petrolera. Pero sus ambiciones iban más allá. Trump hablaba de un cambio de régimen y pretendía restablecer la capacidad intimidatoria de la primera potencia mundial. Unas semanas después de los primeros bombardeos, proclamó que la única salida sería una “rendición incondicional” de los ayatolás. No le ha salido bien, y los planes, tan confusos como mal justificados al principio y peor aplicados después, han acabado estrellándose contra la realidad y contra su propia ineptitud. A la luz del texto del acuerdo provisional entre Washington y Teherán, el fracaso es monumental, y la aventura iraní parece destinada a engrosar la lista de operaciones fallidas de Estados Unidos en el mundo. El Gobierno de Irán y su sistema represivo siguen en pie, e incluso pueden verse reforzados gracias al levantamiento de las sanciones y la reapertura de las exportaciones para su industria petrolera. El régimen, además, mantiene su programa nuclear, motivo original de la guerra.La buena noticia del memorando de 14 puntos es que detiene un conflicto que ha traído todavía más muerte y destrucción en Oriente Próximo, y que permitirá la reapertura del estrecho de Ormuz, cuyo bloqueo ha lastrado durante meses la economía mundial. Trump se apunta como gran éxito la reapertura del comercio marítimo en el golfo Pérsico, pero el documento ni siquiera descarta que Irán pueda establecer, a partir de los 60 días posteriores a su firma, un futuro sistema de peajes en el estrecho, algo inexistente antes del ataque. No es el único beneficio que obtiene Irán, que recibe la incierta promesa de un fondo de al menos 300.000 millones de dólares para su reconstrucción sin que en contrapartida tenga que pagar ninguna indemnización por destruir infraestructuras energéticas de los países vecinos. También verá levantadas todas las sanciones estadounidenses, incluidas aquellas acordadas por Washington con los organismos multilaterales y Naciones Unidas. Y en este caso tampoco hay contrapartida alguna en el campo de los derechos humanos o libertades civiles, pese al recrudecimiento de la represión y las matanzas contra los opositores. El casus belli estadounidense e israelí se fundaba en la eliminación del programa nuclear de Irán, que Israel considera una amenaza existencial. En este punto, la guerra no ha servido para mucho, y resulta difícil entender qué podría obtener Trump ahora que no hubiesen logrado Barack Obama y sus aliados europeos con el acuerdo de 2015. Las condiciones sobre el control internacional de una carrera armamentística iraní son más laxas que las obtenidas por Obama en un tratado vilipendiado por Trump, que decidió romper al llegar a la Casa Blanca en 2018.El acuerdo de esta semana debilita la credibilidad de Washington en el mundo y su influencia, además de suponer un desprecio de Trump a su aliado israelí, Benjamín Netanyahu, que fue quien le arrastró a los bombardeos. El resultado abre un interrogante: si del fracaso puede surgir algo de prudencia en futuras operaciones internacionales o si, al contrario, ahora centrará sus sueños de injerencia en el continente americano. Pero la guerra con Irán y las concesiones del acuerdo provisional dejan una lección que ni la primera potencia ni sus aliados y adversarios olvidarán. Si no es una claudicación, se le parece bastante.
El arte de la claudicación
Trump buscaba una “rendición incondicional” de Irán, pero el acuerdo provisional debilita la credibilidad y la influencia de EE UU













