Los magnates de la tecnología y de la Inteligencia Artificial tienen a Argentina en su punto de mira. Lo confirma Peter Thiel, fundador de Palantir, el gigante de gestión de datos y defensa vinculado desde hace años a la CIA y al Ejército de Estados Unidos. El acaudalado empresario, cuya fortuna está valorada en más de 23.400 millones de dólares, se ha instalado temporalmente en Buenos Aires con su familia y ha comprado una mansión de unos 12 millones de dólares en Barrio Parque, uno de los enclaves más exclusivos de la capital argentina. Tan afincado está que participa en torneos de ajedrez locales —quedó tercero en uno de ellos—, tiene a sus hijos matriculados en una escuela local y junto a su marido Matt Danzeisen, ex financiero del fondo de inversión Blackrock, se han reunido con el presidente, Javier Milei, con varios ministros, con algunos de los mayores empresarios del país e incluso con un miembro clave de la oposición izquierdista. “Fue un encuentro entre dos anarcocapitalistas”, dijo Milei tras su encuentro con Thiel hace unas semanas, mostrando una clara afinidad. Pero para quienes recelan de los grandes magnates de la tecnología, el asunto va más allá. Los críticos ven al empresario estadounidense como el abanderado de la tecnoligarquía en el mundo, de la que recela el mismo Vaticano, como un enemigo del orden liberal —él mismo ha dicho que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”— y creen que Argentina puede convertirse pronto en un experimento social con menos regulaciones y obligaciones para estas gigantes del sector. Y es que Peter Thiel genera revuelo a donde llega. Nació hace 58 años en Fráncfort, pero creció en California. Tiene también la nacionalidad neozelandesa desde 2011, que adquirió con un proyecto inmobiliario, y también ha intentado obtener la maltesa. En 1998 cofundó Confinity, la empresa que después se fusionó con X.com, la compañía de Elon Musk, para dar lugar al gigante de los pagos digitales Paypal. Cuando eBay compró esta compañía en 2002 por unos 1.500 millones de dólares, Thiel se embolsó alrededor de 55 millones. TE PUEDE INTERESAR Con parte de ese dinero fundó en 2003 Palantir, aunque no fue el único que puso fondos. También entró In-Q-Tel, el fondo de capital riesgo creado por la CIA para invertir en tecnologías útiles para la inteligencia estadounidense. Su aportación fue modesta —algo más de dos millones de dólares, según las cifras más citadas—, pero aportó credibilidad al proyecto y ayudó a convertir aquella startup en una empresa consolidadad. Hoy en día, Palantir una de las mayores compañías tecnológicas del mundo vinculadas a defensa, inteligencia y seguridad nacional. Entre sus clientes y socios figuran el Ejército de EEUU, el Pentágono y el servicio migratorio estadounidense, ICE, que ha utilizado sus sistemas de análisis de datos en investigaciones y operaciones de control migratorio. La empresa también ha firmado acuerdos con el Ministerio de Defensa de Israel para apoyar su esfuerzo bélico. Diversas investigaciones y análisis han señalado que sus herramientas podrían haber desempeñado un papel relevante en operaciones israelíes en Gaza, Líbano e Irán. El estrellato de Palantir también ha supuesto una fuente de poder inmenso para Thiel, y el empresario parece dispuesto a utilizarla. Su tesis es que la seguridad de Estados Unidos debe depender cada vez más de Silicon Valley y menos de los viejos engranajes burocráticos de Washington. Por eso defiende una desregulación masiva de la inteligencia artificial y de las nuevas tecnologías para proteger al país frente a China y otros rivales. TE PUEDE INTERESAR Thiel fue, además, uno de los primeros grandes nombres del ecosistema tecnológico estadounidense en apostar abiertamente por la nueva derecha MAGA, en un sector tradicionalmente dominado por el Partido Demócrata. Su relación con Donald Trump, a quien apoyó con entusiasmo en su primera campaña presidencial, ha pasado por altibajos, pero su influencia conserva un sillón de honor en la Casa Blanca. También fue el principal valedor y uno de los grandes financiadores de la carrera política del vicepresidente JD Vance. Sin embargo, Thiel tiene, al menos sobre el papel, más puntos en común con Milei que con Trump. Ambos comparten una visión libertaria de la economía que el presidente estadounidense ha demostrado no abrazar con su ofensiva arancelaria contra decenas de países, una política que, desde la ortodoxia del presidente argentino, no tiene demasiado sentido. En ese terreno, Milei ofrece a empresarios como Thiel —a quienes sus críticos han bautizado como “tecnoligarcas” o incluso “tecnofascistas”— exactamente lo que llevan años reclamando: menos Estado, menos regulación y más margen para que las grandes tecnológicas operen sin demasiados contrapesos. El presidente argentino ha propuesto en el Congreso argentino un proyecto conocido como Súper RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones). La medida busca atraer inversiones superiores a los 1.000 millones de dólares hacia sectores estratégicos como semiconductores, biotecnología, infraestructura digital, energía, procesamiento de litio y, sobre todo, centros de datos. A la vista del Gobierno argentino, el país tiene un potencial clave para estas infraestructuras por contar con un clima frío casi perenne en el sur, así como el acceso a las ingentes cantidades de agua necesarias para su funcionamiento. El único impedimento para estos proyectos es la regulación, y ahí es donde entra en juego el régimen de las Súper RIGI. La idea de Milei es convertir Argentina en una de las jurisdicciones más amables del mundo para las grandes tecnológicas. El régimen prevé un tipo reducido del impuesto de sociedades del 15%, estabilidad tributaria, aduanera y cambiaria durante tres décadas, acceso progresivo a las divisas generadas por las exportaciones —un punto clave para que cualquier inversor extranjero contemple desembolsar grandes sumas en el país— y facilidades especiales para importar los insumos necesarios para operar. Por si esa declaración de intenciones fuera poca, el mismo Milei dejó clara su intención de atraer a los gigantes de la tecnología en una carta publicada por el diario Financial Times. La misiva fue titulada “Argentina invita a la IA a liberarse a sí misma”. En ella, el presidente no solo vendió los ya mencionados beneficios tributarios para las grandes compañías, sino también la promesa de no establecer regulaciones tempranas sobre la IA. En esta misma línea, el Gobierno ha impulsado en el Congreso una reforma de la Ley de Sociedades que crearía nuevas figuras legales para empresas vinculadas a la IA y al ecosistema blockchain, como las llamadas “sociedades automatizadas” y las organizaciones autónomas descentralizadas, conocidas como DAO. Las primeras podrían funcionar mediante algoritmos o sistemas de inteligencia artificial, sin empleados, pero con personalidad jurídica y responsabilidad limitada. Las segundas operarían a través de reglas codificadas en contratos inteligentes y registradas en blockchain. En su carta al FT, Milei presenta esta propuesta como un salto jurídico comparable al que supuso la responsabilidad limitada de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales en 1602. Si aquella fórmula permitió limitar el riesgo y liberar el potencial del capitalismo moderno, la IA necesitaría ahora su propio vehículo legal para hacer lo mismo. TE PUEDE INTERESAR ¿Experimento a gran escala? Esa visión ha sido profundamente criticada en su país. La legisladora Elisa Carrió, de larga trayectoria y denominada como de “extremo centro”, ha censurado profundamente la asociación de Milei con Thiel, advirtiendo sobre la creación de un “experimento social” en Argentina. “El presidente toma a la Argentina como experimento catastrófico para la dignidad humana” escribió, haciendo una defensa de las leyes y la Constitución por “la libertad auténtica, el libre albedrío, el derecho y la Justicia, sin las cuales no hay sociedades posibles ni pensamiento crítico”. Su punto de vista es uno cada vez más extendido en el país. “Creo que Thiel ve en la Argentina un posible campo de experimento social, donde podría aplicarse por primera vez a gran escala su visión sobre el futuro de la IA y de la democracia tal cual la conocemos”, comenta a El Confidencial el analista argentino Patricio Giusto. “Recordemos que Thiel ha sostenido que la democracia no es compatible con la libertad y que los sistemas políticos debieran avanzar progresivamente hacia una suerte de gobierno dirigido por IA, donde el rol de los humanos pasaría a un segundo plano”, agrega el experto. TE PUEDE INTERESAR El fundador de Palantir no es el único magnate de la tecnología que ha mostrado interés en Argentina. Sam Altman, fundador de Open AI, matriz de ChatGPT, aseguró que su compañía invertiría unos 20.000 millones de dólares en Argentina para desarrollar infraestructura en el sur. Los argentinos están aún a la espera, eso sí, de que se materialice ese proyecto. Elon Musk, dueño de Space X y Tesla, y muy cercano al presidente Trump a pesar de su muy controversial paso por la actual Administración, también tiene sus ojos puestos en el país y se ha reunido en varias ocasiones con Milei, quien llegó a regalarle una motosierra personalizada, símbolo de las políticas de recortes de su Gobierno. “Tienen en común creer en un estado pequeño, que básicamente haga una presión mínima, sin regulación, más alla de la que den los propios individuos”, considera el analista Nicolás Cereijo, profesor en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Católica de La Plata. “Si el Estado desaparece no se va a poder garantizar el cumplimiento justamente de un Estado de derecho. Todo ello lleva a la anarquía”, añade el analista, subrayando que “esquemas como los que plantea Thiel” van en sintonía “con la visión que tiene Milei del Estado, de la sociedad y de la economía, de un presidente que desprecia la política desde todo punto de vista”. Mientras tanto las reuniones de Thiel en Argentina han hecho correr ríos de tinta. El magnate se reunió hace unos días con un grupo de empresarios argentinos a los que comenzó a hablarles de la llegada del Anticristo, que según su visión se materializaría en un Gobierno global que dirigiría las vidas de los ciudadanos del planeta. En el pasado, ha llegado a identificar a la activista ambiental Greta Thunberbeg como un “arquetipo” de esa figura y también a los críticos de la IA.