Al tiempo le faltan horas para cocinar. En el ritmo frenético que caracteriza el ritmo actual de la vida laboral, solo dos de cada diez españoles preparan sus comidas en el día a día, de acuerdo con un estudio de Canal de Cocina. El resto busca soluciones: comer fuera, pedir comida a domicilio, comprar platos preparados en los supermercados, llevar tápers y, cada vez más, una sesión semanal de cocina que resuelva el menú de golpe. Esa práctica tiene nombre —batch cooking— y un aliado silencioso que muchos infravaloran: el congelado.
Los productos congelados cargan con el prejuicio de ser menos nutritivos, menos sabrosos y menos “de verdad”. La percepción crece exponencialmente cuando hablamos de verduras. Es como si se le quitara lo sano al alimento que debería de ser sano. Nada más lejos de la realidad: el proceso de congelación industrial se aplica pocas horas después de la cosecha, cuando el vegetal está en su punto ideal de madurez. De hecho, a menudo conservan sus vitaminas y minerales incluso mejor que su equivalente fresco, que lleva días en tránsito, almacenamiento y exhibición en el supermercado antes de llegar al plato del consumidor.
Pero la verdadera ventaja competitiva de las verduras congeladas es lo prácticas que son. No requieren limpieza ni corte previo, tienen una vida útil de meses en el congelador, reducen el desperdicio alimentario y, en general, cuestan menos que sus equivalentes frescos. La única desventaja real es la textura, ya que al descongelarse quedan más blandas debido a la rotura de sus fibras por los cristales de hielo, lo que las hace menos aptas para ensaladas crujientes pero perfectas para guisos, cremas o salteados. Para el batch cooking en particular, son un ingrediente casi ideal: permiten cocinar en grandes cantidades sin depender del mercado semanal ni de lo que haya disponible ese día.








