Se supone, apoyándonos en datos proporcionados tanto por plataformas de análisis demográfico como World Population Review, como por consultoras internacionales de lo alimentario, tales que Nielsen o Euromonitor International, que la pizza es el plato más consumido del mundo, con más de 5.000 millones de unidades vendidas anualmente. A más a más, estos prestigiosos entes apuntan a datos tan apabullantes como que la consume, de manera más o menos regular, nada menos que el 94% de la población del planeta o que solo en USA y cada segundo se consumen 350 millones de trozos, porciones o tajadas de este bocado.

Tan avasallador exitazo se asienta en muy sólidas bases. Además de su versatilidad y su precio barato o al menos razonable, se puede y debe comer con las manos, lo que activa receptores táctiles que envían señales al cerebro para que este proceda a una descarga controlada de dopamina, neurotransmisor implicado en el placer. A tal banderazo de salida se unen hechos como que la pizza admite casi cualquier ingrediente local, lo que facilita su inserción en las peculiaridades palatales, y que, lo que es verdaderamente sustancial, en su confección se unen hidratos de carbono, grasas, sal y azúcares, cuya combinación se asocia en el cerebro a bienestar y plenitud al instante. Dicho en roman paladino, total de la totalera.