Qué decimos nosotros –en principio, los argentinos– cuando decimos “Borges”. Qué serie de atribuciones se ponen en funcionamiento cuando se pronuncia –o cuando se escribe– ese nombre que no es, claro, un simple nombre. Esa indagación encausa el último libro de Martín Kohan, a través de un puñado de experiencias personales, de reflexiones, de (re)lecturas, que intentan poner por escrito, justamente, lo que entiende por Borges.“Cuando digo Borges”, afirma el autor de Ciencias morales, “pienso en esa figura que la imaginación argentina ha compuesto y ha fijado en ese nombre. Pienso en esa configuración mental y colectiva que se ha ido construyendo sin precisar para eso conocer a la persona real, y con frecuencia prescindiendo hasta del conocimiento de su obra”.A Borges lo nombramos todos –o casi todos–; incluso aquellos que no han tenido el gusto de leer una sola línea de su prosa. Allí se desprende la gravitación borgeana en el discurso público: hablar de alguien (un escritor), o de algo (una obra), sin tener siquiera una noción general de su estilo, de su poética, de sus intereses. Se comprende, así, que este alguien es mucho más que un escritor y este algo, mucho más que una obra literaria.Agudo lector, Kohan asegura que, entre otras tantas, tantas cosas, decir “Borges” –en este caso, su inoxidable fuerza literaria– es también referir las lecturas y las producciones escritas que sus textos han sabido generar. Casi a modo de homenaje, enumera, entre otros, libros o artículos canónicos para la crítica borgeana y para su modo de entender el fenómeno: textos cuya autoría alcanza a Sylvia Molloy, Ana María Barrenechea, Daniel Balderston, Jaime Rest y Ricardo Piglia.“No digo el viejo, no digo el ciego, no digo el sabio, no digo el autor”, dice Kohan. “Digo el dispositivo de vejez, de ceguera, de sabiduría, de autoría y de autoridad, que los argentinos pergeñaron, o pergeñamos, y activaron, o activamos, para tener un escritor a venerar, y venerarlo”. Dispositivo que, en cierto sentido, se articula con el de la heroicidad, y cuyos engranajes suelen aceitarse con el género (varón, por supuesto), con una marca de prestigio que otorga la extranjería, con un desinterés o destrato de los contemporáneos, y con la ausencia de hijos varones. En este panteón –que incluye a San Martín, Belgrano y Maradona, entre otros–, Borges es, claro, “nuestro Prócer Literario, el Héroe Nacional de las Letras, el Padre de la Patria Escrita”.Atento al cuidado de la prosa ensayística, Kohan resulta claro, clarísimo, en sus postulaciones, sin, por esto, ser transparente. Coquetea con figuras de todo tipo, y, en particular, con una forma cercana al retruécano, que no solo engalana sus frases sino que también modela sus razonamientos.En el artículo en el que repasa –y repiensa– los encuentros de Borges con Videla y Pinochet, retoma un señalamiento importante: Borges sabía que, de acudir a la cita con el segundo de los dictadores, las posibilidades de hacerse con el Premio Nobel se tornarían prácticamente nulas. No obstante, la palabra había sido empeñada y no podría estar de más estrechar la mano del hombre (por tirano o genocida que fuera) que logró frenar, salvajemente, el avance del comunismo en América Latina. “Se produjo así, entre los dos, un curioso entrecruzamiento”, reflexiona Kohan, “mientras Borges, hombre de letras, declinó al recibir el premio esa condición menguada para declararse tanto mejor admirador de los hombres de espada, Pinochet, hombre de espada, se esmeró en su encuentro privado para mostrarse, ante el escritor mayor, también él hombre de letras”.Kohan estudia a Borges desde muy diversas aristas. Puede dedicarse a analizar un relato (“Hombre de la esquina rosada”, por nombrar uno); puede establecer relaciones entre la historiografía y la literatura del siglo XIX con diversos cuentos canónicos; puede desmenuzar el acérrimo antiperonismo borgeano para colegir que el auténtico temor acecha menos en las políticas de Estado que en los sueños: la pesadilla de que “la cara de Perón” asome en cualquier recoveco onírico y, mucho peor aún, detrás de cualquier rostro de la vigilia; y puede diferenciar el antiperonismo de su compañera (mas no novia) Estela Canto del suyo: el de la primera, sostiene, es político; el de Borges, es un antiperonismo visceral, odiador, apasionado. Hecho curioso: así las cosas, la pasión, esa cualidad que algunos detractores señalaron en su momento como una falta incorregible en la ficción borgeana, brota en este hombre genial en un ámbito diferente –el político–, en el que es crucial pensar más con la cabeza que con el corazón.Incluso para Borges –el creador de la literatura cerebral, como diría Bioy–, que vivió más acá de las verjas con lanzas de su casa de infancia, amurallado por la biblioteca paterna; incluso para él, desinteresado en verdad de la política, fue imposible esquivar al fenómeno de masas del siglo XX y experimentarlo al modo peronista, es decir, como un sentimiento inexplicable.Lo que entiendo por Borges, Martín Kohan. Ediciones Godot, 168 págs.Tomás VillegasCrítico literario Bio completaRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOJorge Luis Borges
Borges: Georgie es un sentimiento
Lo que entiendo por Borges reúne ensayos del narrador y académico Martín Kohan sobre el mayor escritor argentino.














