Todos los chicos de la lista del Mundial son por necesidad extremadamente buenos. Ningún impostor puede fingir la excelencia continuada
Lo mejor de ser exfutbolista es sentir cómo vas ganando anonimato con el tiempo. Llega un punto en el que, fuera de tu círculo, solamente te conocen los más frikis. Eso sí, cuando sucede, las escenas pueden ser extrañas. Por ejemplo, el otro día se acerca sigilosamente un tipo de cuarenta y pico años con su hijo. Cuando está a mi lado le dice: “Mira, ¿sabes quién es?“. El chaval niega con la cabeza, se nota que quiere escapar de lo que parece otro marrón de su padre. Dice: ”Es Negredo, del Madrí“. Contesto con la boca chica: ”Granero". “Eso, Granero”. Entonces el padre le dice alguna frase completamente inflada sobre mi carrera y el chico se pone para la foto. Dice: “Este también es un buen pelotero, como tú”.
Estamos posando, pero el hombre aún está intentando desbloquear su teléfono. Veo por el rabillo del ojo que hay dos despistadas que ven la escena y se están acercando. Cuando llegan, el hombre está por fin enfocando. Sonrío a la cámara, ellas ven que no puedo contestar, pero aun así me preguntan. “Perdona, ¿quién eres?“. Yo digo la verdad: ”Nadie, nadie", pero entonces el padre del chico siente la necesidad de hablar de mí como si fuera mi representante. Es increíble, pero aún no ha hecho la foto. Se viene arriba, les dice que jugué con Zidane, lo cual está muy lejos de ser cierto. No lo discuto. Y después lanza la bomba: “¿Tú fuiste a la selección, verdad?“. El hijo y las cotillas me miran fijamente.















